PARTE 1
“Si sigues cuidando a esa anciana sin cobrarle, no eres noble, Samuel… eres un pobre menso con complejo de santo.”
Eso me dijo mi hermano Óscar una noche, afuera del puesto de tacos donde yo trabajaba lavando platos después de la universidad. Tenía las manos llenas de grasa, los tenis mojados por la lluvia y apenas treinta y ocho pesos en la bolsa para regresar a mi cuarto en camión. Me reí, porque cuando uno está cansado aprende a fingir que las palabras no duelen. Pero por dentro me quedé pensando que quizá tenía razón.
Me llamo Samuel Hernández, tengo veintidós años y estudio Contaduría en Puebla. No soy de familia rica. Mi mamá vende tamales en la colonia y mi papá se fue cuando yo tenía once. Desde entonces aprendí que estudiar no basta: hay que sobrevivir mientras estudias. Daba clases de regularización, hacía mandados, cargaba garrafones y los fines de semana ayudaba en una fonda cerca del mercado.
Así encontré el anuncio.
“Se solicita joven responsable para apoyar a señora mayor con limpieza y compras. Pago semanal. Zona centro.”
La señora se llamaba doña Refugio, aunque todos en la vecindad le decían Cuquita. Vivía sola en una casa antigua, con paredes descarapeladas, macetas secas y una puerta verde que rechinaba como si se quejara cada vez que alguien entraba. La primera vez que la vi, pensé que se iba a caer frente a mí. Era bajita, flaca, con el cabello blanco recogido en un chongo y unas manos tan torcidas por la artritis que le costaba sostener una taza.
Me ofreció trescientos pesos por ir cada miércoles. Para mí eso era muchísimo. Podía comprar comida, pagar copias, ponerle saldo al celular. Acepté sin pensarlo.
Al principio sólo limpiaba. Barría el patio, lavaba trastes, acomodaba medicinas, tiraba basura y sacudía los muebles llenos de fotos. En una aparecían tres adultos abrazándola en una Navidad antigua: su hijo mayor, Julián; su hija Patricia; y el menor, Martín. Ella hablaba de ellos con una ternura que no combinaba con la soledad de la casa.
“Están ocupados, mijito. Tienen sus familias, sus trabajos. No hay que cargarles la mano.”
Pero el refrigerador decía otra cosa.
A veces sólo había medio bolillo duro, una botella de agua y un plato con frijoles ya agrios. Una tarde encontré sus pastillas vencidas sobre la mesa y ella me confesó, con vergüenza, que no había ido al Seguro porque no tenía quién la acompañara.
Ese día no pude irme.
La llevé a la clínica, esperé cuatro horas con ella, compré sus medicinas y de regreso le preparé sopa de fideo con lo poco que encontré. Cuando le serví el plato, doña Refugio se quedó mirando el vapor como si fuera un milagro.
“Hace mucho nadie me cocina caliente”, dijo.
Desde entonces, los miércoles dejaron de ser trabajo. Si tenía algo de dinero, le llevaba pan dulce, arroz, verduras o pollo. Si se sentía mal, la acompañaba al médico. Si no podía levantarse, le ayudaba a bañarse con respeto, como si fuera mi propia abuela. Ella me contaba historias del barrio, de su esposo muerto, de cuando sus hijos eran niños y corrían por el patio persiguiendo canicas.
Pero nunca me pagó.
“Ahora sí la próxima semana, Samuelito.”
“Nomás que me depositen.”
“Te debo todo, mi niño, no creas que se me olvida.”
Y yo asentía, aunque muchas veces regresé caminando porque no me alcanzaba para el camión. Mis compañeros se burlaban. Óscar me decía que esa anciana me estaba viendo la cara. Yo mismo intenté renunciar tres veces. Pero cada vez que llegaba decidido, la encontraba esperándome junto a la ventana, arreglada con su rebozo azul, como si mi visita fuera lo único que todavía marcaba el calendario de su vida.
Un miércoles de noviembre, fui con una bolsa de mandado y una concha de vainilla porque sabía que le gustaban. Al llegar, vi la puerta verde abierta, vecinas llorando en la banqueta y una ambulancia estacionada sin prisa.
Doña Refugio había muerto sola, durante la madrugada.
En el funeral aparecieron sus hijos.
Julián llegó en camioneta nueva, Patricia con lentes oscuros enormes y Martín con una corona de flores tan grande que parecía comprada para que todos la vieran. Lloraban fuerte, abrazaban a las vecinas, repetían que “su madre había sido lo más importante”. Yo, parado al fondo, sentí rabia. No porque ella hubiera muerto, sino porque ellos actuaban como si hubieran vivido pendientes de una mujer que había pasado sus últimos meses esperando una llamada.
Después del entierro, cuando todos empezaban a irse, una vecina llamada Lucha se me acercó. Me tomó la mano y me entregó una bolsa de tela.
“Cuquita me pidió que te diera esto cuando ya no estuviera.”
Dentro había un sobre grueso, cerrado con cinta, y mi nombre escrito con letra temblorosa.
Al ver la firma de doña Refugio, se me heló la sangre.
No podía imaginar que esa letra iba a destruir una familia entera.
No podía creer lo que estaba a punto de ocurrir…
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