PARTE 2
El silencio cayó sobre la sala como una losa. Martín intentó acomodarse la corbata, pero sus dedos temblaban. —Señoría, mi esposa ha tenido episodios emocionales muy fuertes durante el embarazo. No sabe distinguir entre una separación normal y una persecución imaginaria. El juez ni siquiera lo miró. —No le pregunté su diagnóstico, señor Rivas. Otra interrupción y lo mando retirar por desacato. Fue la primera vez en siete años que vi a Martín quedarse callado. El juez levantó un sobre grueso. —Este paquete llegó a mi despacho a las siete cuarenta de la mañana. Contiene contratos notariales, estados de cuenta, registros médicos, mensajes privados y una declaración jurada del licenciado Bruno Ortega. Mi corazón se detuvo un segundo. Bruno no me había abandonado. Algo estaba haciendo fuera de esa sala. —Señora Hernández —dijo el juez—, ¿usted firmó hace diez meses una cesión de derechos sobre Constructora Hernández e Hijos? Sentí que el aire me faltaba. Constructora Hernández e Hijos era la empresa que mi papá había levantado en Puebla con sus propias manos. Empezó reparando techos, luego construyó departamentos pequeños, locales, viviendas populares. Mi mamá decía que cada ladrillo tenía una historia. Cuando mi papá murió, Martín me dijo que él se encargaría de “proteger el patrimonio familiar” porque yo estaba demasiado destrozada para pensar en papeles. Firmé donde él señaló. Llorando. Sin leer. Con la urna de mi papá todavía en la sala. —Yo firmé documentos —dije con la voz quebrada—, pero nunca me explicaron que estaba entregando la empresa de mi familia. El juez volteó hacia Martín. —¿Usted transfirió esos bienes a una sociedad mercantil creada tres días después del funeral del padre de la señora? El abogado de Martín se levantó de inmediato. —Señoría, solicito un receso para hablar con mi cliente. —No habrá receso hasta asegurar este expediente —respondió el juez. Camila dio un paso hacia la puerta, pero el oficial se cruzó frente a ella. —Señorita Camila Torres —continuó el juez—, también hay mensajes donde usted se hizo pasar por prima de la señora Hernández para intentar obtener información de su ginecóloga y del hospital donde dará a luz. Sentí un frío horrible en la espalda. —Eso no prueba nada —dijo Camila, pero su voz ya no sonaba segura. El juez la observó con dureza. —Hace cinco minutos golpeó a una mujer embarazada dentro de un juzgado. Créame, su situación no mejora. Camila miró a Martín esperando ayuda. Él no la miró. En ese instante, ella entendió lo que yo había aprendido demasiado tarde: Martín protegía solo a Martín. De pronto, las puertas se abrieron. Bruno entró con la camisa arrugada, el labio partido y una carpeta negra bajo el brazo. —Perdón, señoría. Me cerraron el paso en el estacionamiento, rompieron el vidrio de mi coche y me quitaron el teléfono. Pero mandé copias digitales antes de salir de casa. Martín se levantó furioso. —¡Esto es una farsa! Bruno dejó la carpeta sobre la mesa. —También tengo correos enviados desde la oficina del señor Rivas ordenando cancelar el seguro médico de Valeria esta misma mañana. El juez bajó la vista. Leyó. Luego miró a Martín. —Explíqueme esto. Martín abrió la boca, pero Bruno sacó una última hoja del expediente. Y lo que dijo después dejó a todos sin respirar.
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