Parte 2. Era una muchacha. Tendría unos quince años. Estaba sentada en una colchoneta

Parte 2.
Era una muchacha. Tendría unos quince años. Estaba sentada en una colchoneta, con el pelo negro largo, jugando con una pieza de madera entre las manos. Sara le daba de comer en la boca, cucharada por cucharada.
No entendí nada. Veía a la muchacha pero no entendía qué hacía en mi casa.
Las paredes estaban forradas de acolchonado, como de hospital. Cortinas gruesas. Una lamparita de luz bajita. Pelotas de colores. Unos audífonos grandes colgados de un clavo.
—Sara —dije. Y no me salió nada más.
Se levantó despacio. No estaba asustada. Estaba cansada.
—Teresa… ella es Lilia.
—Yo no tengo otra nieta.
—Sí la tiene —dijo una voz atrás de mí.
Era Emilia. En pijama, los ojos hinchados.
—Es mi hermana, abuela.
Me senté en una sillita de niño que había ahí. No sé por qué en esa. Era la única que había. Lilia me miró un segundo y volvió a su pieza de madera. No me tuvo miedo. Pero tampoco me conocía.
Y ahí me empezó a caer el veinte de todo.
Las cuatro charolas de comida. La ropa juvenil que no era de Emilia. Los pasos en la madrugada. El golpe atrás de la puerta. Y mi Emilia, tres meses, haciendo divisiones sentada en un excusado.
—¿Por qué te escondías en el baño? —le pregunté.
Se limpió la nariz con la manga.
—El ruido del lápiz le duele a Lilia. Se pega en la cabeza cuando hay ruido fuerte. El baño tiene la puerta gruesa. Ahí casi no se oye.
Una niña de doce años se encerró tres meses en un baño para que su hermana no llorara. Y yo dormía tranquila del otro lado de la pared. No terminé de pensar lo que estaba pensando. No me dejé.
Sara se hincó frente a mí y me agarró las manos. Las tenía heladas y ni cuenta me había dado.
—Lilia es mi hija. Tiene quince años. Es autista. No habla. Pero entiende todo. Es muy lista.
—¿Tu hija? Miguel me dijo que tú no tenías hijos.
—Miguel mintió. Por usted.
Esa palabra me pegó raro. Por mí.
—Hace cinco años, cuando le dijimos que nos casábamos, usted dijo algo en la mesa. Que criar a una niña que no era de su sangre era una carga. Que una hija con problemas le iba a arruinar la vida a su hijo.
Yo me acordaba. Dios mío, claro que me acordaba.
—Miguel tuvo miedo. Cuando nos venimos para acá por las terapias, me dijo: a mi mamá no le decimos. Si se entera de que Lilia viene, nos corre. Mejor la cuidamos sin que se dé cuenta.
Por eso las charolas. Por eso esperaban a que yo saliera a caminar. Por eso el cuarto cerrado.
No escondieron a una niña porque fueran malos. La escondieron porque me tenían miedo a mí. Mi hijo no me mintió para hacerme daño. Me mintió para que yo no se lo hiciera a ella.
Me tapé la boca con la mano. No me salía la voz.
Lilia dejó su pieza de madera. Agarró un cuaderno, lo abrió y me lo acercó sin verme a los ojos. Era un dibujo. Una familia agarrada de la mano: Miguel, Sara, Emilia y ella. Todos con su rayita de sonrisa. Y hasta una esquina, lejos, solita, una señora.
—Esa es usted, abuela —dijo Emilia, bajito—. Lilia pregunta por usted a su manera. La dibuja. Pero siempre lejos.
Me quedé con el cuaderno en las manos. La hoja se me mojó de una esquina y yo ni cuenta me daba.
Me bajé de la sillita y me hinqué en la colchoneta, despacio, para no asustarla.
—Perdóname, Lilia. Hablé de ti sin conocerte.
No me contestó. No podía. Pero inclinó la cabeza hacia mi mano, despacito, como pidiéndome que la dejara ahí. Y sonrió. Una sonrisa chiquita. Pero limpia.
—Le caíste bien —dijo Emilia, y se le quebró la voz—. Lilia casi nunca le sonríe a alguien nuevo.
La abracé con cuidado. Olía a jabón de niño. Emilia se metió en el abrazo. Las tres ahí, en el piso de ese cuarto que yo había imaginado como una cárcel. Y no era una cárcel. Era el único lugar del mundo donde esa niña se sentía segura.
Oí la puerta de la calle. Miguel ya había vuelto del trabajo. Subió rápido. Vio la puerta abierta. Me vio a mí, hincada, abrazando a Lilia. Se quedó en el marco. Blanco. Como un niño al que cachan.
—Mamá… —dijo. Nada más eso.
—Ya la conocí, hijo. Ya conocí a Lilia.
Por un momento sentí que todo iba a estar bien. Que ya lo peor había pasado. Que de ahí en adelante íbamos a ser una familia con cinco en la mesa.
Pero Miguel no me abrazó. Se hincó frente a mí, en el piso, igual que yo me había hincado frente a su hija. Y empezó a hablar con una voz que yo no le conocía.
—Mamá, hay algo que nunca te dije. Lilia no es nada más hija de Sara.
Me apretó las dos manos. Le temblaba la barbilla.
—La semana en que dijiste en esa mesa que una niña así era una carga, yo ya había firmado unos papeles. Y todavía no sabes lo que firmé esa semana:
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