PARTE 1
—No le hagas caso; desde hace días inventa que esta casa la está envenenando.
Eso fue lo primero que escuché al abrir la puerta de la casona de mi hermana Verónica y ver a mi hija Sofía tirada en el piso, con la mejilla pegada a la rendija por donde entraba el aire frío de diciembre.
Había regresado tres días antes de lo previsto.
Verónica creía que yo seguía en Querétaro terminando una auditoría urgente. Yo imaginaba sorprender a Sofía y llevarla a casa para Nochebuena. En lugar de eso, encontré a mi hija de catorce años usando un vestido negro viejo, un mandil blanco manchado y unos zapatos que no eran suyos.
Un matrimonio entró detrás de mí, sacudiéndose el lodo. Verónica apareció impecable, vestida para la posada histórica que organizaba cada diciembre en su casa de Mineral del Monte.
—Sofi, levántate. Están llegando invitados.
Mi hija apenas se movió.
Entonces Verónica apoyó la suela húmeda de una bota sobre el mandil que cubría la pierna de Sofía y la pasó de un lado a otro.
—Perdón —dijo con una risita—. Nuestra sirvienta victoriana está haciendo drama otra vez.
Dos personas rieron por compromiso.
Sofía abrió los ojos al escucharme, pero no sonrió. Me miró como alguien que había pedido ayuda demasiadas veces.
—Mamá… no dejes que cierre la puerta.
Seguí sus ojos.
En la pared, junto al pasillo que bajaba al cuarto de máquinas, había un detector de monóxido de carbono con el compartimento abierto.
No tenía baterías.
Once días antes, nada de aquello parecía posible.
Mi trabajo como supervisora regional de calidad me había enviado de emergencia a Querétaro. La escuela de Sofía había cerrado antes de vacaciones por una fuga de agua y, desde que su papá murió, yo era su única tutora.
Verónica se ofreció a cuidarla.
—Aquí habrá voluntarios todo el día. Mamá también vendrá a verla. Ni va a sentir que no estás.
Mi madre, Alicia, prometió pasar cada dos días.
Sofía nunca había querido quedarse en Casa Montiel, una casona restaurada que Verónica usaba para recorridos y eventos navideños. Decía que era “un museo donde hasta los sillones tienen miedo de respirar”.
El primer aviso llegó la noche del 14 de diciembre.
—Mamá, aquí mi cabeza se apaga —me dijo por videollamada.
—¿Te mareas? ¿Te duele? ¿Comiste? ¿Tomaste agua?
Ella suspiró.
—Sabía que ibas a convertir esto en interrogatorio.
Yo trabajaba verificando hechos. Pensaba que hacer preguntas era cuidar.
—Explícame qué sientes.
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