PARTE 1
—Si llegaste tan tarde, Mariana, mínimo entra a servirles de cenar a los míos, porque para eso también eres esposa.
Eran casi las doce de la noche cuando escuché esa frase salir de la boca de Ricardo, mi marido. Venía empapada, con los tacones en la mano y la espalda rota después de dos semanas durmiendo cuatro horas por culpa del cierre anual de la empresa. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales del edificio en Santa Fe como si quisiera romperlos. Yo solo quería bañarme, quitarme el maquillaje corrido y dormir.
Pero al abrir la puerta de mi departamento, entendí que esa noche no iba a terminar tranquila.
La sala estaba convertida en un basurero. Había platos con restos de carnitas sobre la alfombra blanca que mi mamá me regaló antes de casarme, vasos con tequila derramado en la mesa de mármol, ceniza de cigarro en el sillón y niños rayando con plumón una pared recién pintada. En mi casa había más de quince personas: la mamá de Ricardo, doña Teresa; su hermana Lupita; su hermano Memo; tíos, primos y hasta vecinos de su colonia en Iztapalapa.
Nadie me avisó. Nadie me pidió permiso. Ese departamento estaba a mi nombre desde antes de casarme, comprado por mis papás como protección para mí. Pero esa noche, la familia de Ricardo actuaba como si fuera una cantina pública.
Doña Teresa me miró de arriba abajo, con una sonrisa torcida.
—Mira nada más, la señora directora ya se dignó a llegar. ¿Así atiendes a tu marido? ¿Así recibes a la familia?
Sentí que la sangre me subía a la cara.
—Ricardo, ¿qué está pasando aquí? ¿Por qué está toda tu familia en mi casa?
Él soltó una carcajada. Tenía la camisa abierta, los ojos rojos y el aliento pesado a alcohol.
—¿Tu casa? Ya empezamos. Cuando te conviene soy tu esposo, pero cuando viene mi familia, todo es tuyo, tuyo, tuyo.
—Porque legalmente lo es —respondí, intentando mantener la calma—. Y porque yo trabajo para pagarlo todo mientras tú sigues diciendo que tu taller de muebles “va a despegar”.
El silencio cayó como piedra. Vi cómo Memo bajó la mirada. Lupita apretó el celular. Doña Teresa se levantó del sillón.
—No le hables así a mi hijo. Si tú ganas dinero es porque Dios te dio suerte, no porque seas más que nadie.
Ricardo se acercó tambaleándose.
—Métete a la cocina y calienta comida. Mis tíos vienen desde Puebla y tú aquí haciendo dramas.
—No soy sirvienta de nadie.
Apenas terminé la frase cuando sentí el golpe.
La bofetada me volteó la cara. Mi oreja zumbó, mi labio se abrió y el sabor metálico de la sangre me llenó la boca. Nadie gritó. Nadie se movió. La familia entera se quedó mirando como si aquello fuera parte del espectáculo.
Ricardo me sujetó del brazo.
—A mí no me vas a humillar delante de mi familia.
Me dio otra cachetada. Luego otra.
Caí de rodillas sobre el piso frío. Doña Teresa no hizo nada. Lupita incluso levantó el celular, no sé si para grabar o para burlarse. En ese instante, algo dentro de mí se rompió. No lloré. No supliqué. Me levanté despacio, me limpié la sangre con el dorso de la mano y saqué mi celular.
Ricardo se rio.
—¿A quién le vas a llamar? ¿A tus papitos?
Negué con la cabeza y marqué un número que había guardado tres semanas antes, cuando descubrí la primera mentira.
Puse el altavoz.
—Señora Mariana —contestó una voz ronca—. Estoy abajo del edificio, como acordamos.
Ricardo palideció.
—¿Es Salas? Mariana, ¿qué hiciste?
Miré a mi esposo directo a los ojos.
—Señor Salas, suba al piso veintidós. Ricardo y Memo están aquí. La deuda de ocho millones vence mañana, ¿no? Pues venga a cobrarles. Desde este momento, yo no respondo por un solo peso.
La sala quedó muda.
Doña Teresa dejó caer el vaso. Lupita abrió la boca sin decir nada. Ricardo, el hombre que hacía un minuto me golpeaba para sentirse macho, empezó a temblar.
Entonces sonó el elevador al final del pasillo.
Y entonces entendí que lo peor no era lo que acababa de pasar… sino lo que estaba a punto de ocurrir.