Parte 1
La noche de su boda, Camila Serrano cayó de rodillas frente a su esposo y le suplicó que no la tocara, aunque Alejandro Montalvo ni siquiera había intentado besarla.
La ceremonia había terminado 1 hora antes en una capilla privada a las afueras de Monterrey. Afuera, camionetas blindadas salían por el portón de hierro mientras hombres de traje vigilaban entre los jardines. La unión entre los Serrano y los Montalvo debía cerrar una guerra de negocios clandestinos que llevaba 8 años dejando amenazas, incendios y funerales disfrazados de accidentes.
En la habitación nupcial, Camila permanecía rígida bajo un vestido de cuello alto y mangas largas, demasiado pesado para el calor de Nuevo León. Alejandro levantó el velo para mirarla de frente y alcanzó a ver una mancha morada debajo de su mandíbula.
Ella retrocedió hasta chocar con la cómoda.
—Por favor… no me lastimes.
Alejandro retiró la mano.
Tenía 32 años, una fama construida sobre silencios y hombres que obedecían antes de recibir una orden. Nadie lo confundía con un santo. Sin embargo, aquella súplica lo dejó inmóvil.
—¿Quién te hizo eso?
—Me caí.
—Nadie se cae con marcas de dedos en el cuello.
Camila bajó la mirada. El diamante que su padre había elegido brillaba como una esposita elegante.
—Perdón por arruinar la noche.
—¿Te enseñaron a pedir perdón cuando alguien más te golpea?
Ella palideció.
Alejandro abrió la puerta que comunicaba con una sala privada.
—Dormiré allí. Esta habitación es tuya. Nadie entrará sin permiso.
—Pero nuestras familias esperan que…
—Nuestras familias llevan años decidiendo sobre vidas que no les pertenecen. Esta noche no decidirán sobre la tuya.
Camila lo observó como si buscara la trampa.
—¿No estás enojado?
—Sí. Mucho. Pero no contigo.
Cuando él salió, Camila se sentó en el suelo y se cubrió la boca para no llorar. Había aceptado aquel matrimonio porque su padre le aseguró que Alejandro era peor que Esteban Rivas, el socio familiar que la había atormentado desde que ella tenía 18 años. Pensó que cambiaría de dueño, no que encontraría una puerta sin llave.
Durante la primera semana, Alejandro mantuvo su palabra. No entró en su cuarto, no exigió afecto y nunca permitió que sus hombres la siguieran dentro de la casa. Teresa, la administradora del hogar, le llevaba comida y se quedaba a conversar cuando notaba que Camila apenas probaba bocado.
—El señor Alejandro dijo que, si no desayuna, llamará a una doctora.
—Eso suena a amenaza.
—En esta casa, a veces la preocupación no sabe hablar bonito.
Camila empezó a refugiarse en la biblioteca del tercer piso. Allí encontró libros viejos, fotografías de Elena Montalvo, la madre de Alejandro, y una colección de poemas azules con varias páginas pegadas.
Una tarde, Alejandro apareció en la puerta.
—Mi madre leía en ese sillón.
Camila se levantó de inmediato.
—Puedo irme.
—No. Quiero que dejes de actuar como invitada en una cárcel.
Ella soltó una risa seca.
—¿Y qué se supone que soy?
Él tardó en responder.
—Una mujer a la que su familia entregó como parte de un trato. Eso no volverá a pasar mientras yo pueda impedirlo.
Esa madrugada, Camila despertó gritando. Corrió al baño, vomitó y se acurrucó junto al lavabo. Alejandro llegó al escuchar el golpe, pero se detuvo en el umbral con las manos visibles.
—No voy a acercarme. Solo dime si necesitas ayuda.
—Estoy bien.
—No. Solo aprendiste a decirlo.
La frase rompió algo que llevaba años cerrado. Camila confesó el nombre de Esteban, las amenazas, las consultas médicas pagadas para guardar silencio y la vez que su madre la abofeteó por “ensuciar el apellido”. También contó que su padre recibía dinero de Esteban cada vez que ella intentaba denunciarlo.
Alejandro escuchó sin interrumpir. Cuando Camila levantó la blusa y mostró cicatrices antiguas junto a moretones recientes, él cerró los ojos.
—Mi familia sabía —susurró ella—. La tuya también.
Alejandro la miró con una furia fría.
—¿Qué quieres decir?
Camila señaló la colección azul que había encontrado en la biblioteca.
—Antes de morir, tu madre intentó ayudarme. Me envió una nota. Dijo que Esteban no trabajaba solo y que la prueba estaba escondida en esta casa.
Teresa apareció detrás de ellos, pálida, sosteniendo una llave pequeña.
—La señora Elena me pidió que se la entregara a la mujer que llegara aquí con miedo en los ojos. Pero también dejó una advertencia: si abrimos esa caja, caerán los Serrano… y también los Montalvo.
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