PARTE 1
—Mañana se me van de mi casa —dijo Santiago, con la voz tan fría que hasta mi suegra dejó de mirar la televisión.
Yo estaba en la cocina, con mi hija Luna pegada al pecho, llorando por los dientes, y una olla de caldo de pollo hirviendo a punto de tirarse sobre la estufa. Con una mano la cargaba, con la otra intentaba mover el arroz. En la sala, mi suegro Ernesto veía las noticias, mi suegra Rosa revisaba videos en el celular y mi cuñada Paola estaba acostada en el sillón admirándose las uñas nuevas, largas, con piedritas brillantes.
Todo empezó 2 semanas antes, cuando Santiago llegó del trabajo y me dijo que sus papás y Paola vendrían “unos días” a nuestro departamento en Iztapalapa. Vivíamos en 58 metros cuadrados, todavía pagando el crédito, pero era nuestro hogar. Yo, Mariana Torres, había dejado mi trabajo de maestra de kínder para cuidar a Luna, de 8 meses. No éramos ricos, pero alcanzaba si nos cuidábamos.
Al principio quise ser buena nuera. Me levantaba temprano, hacía café de olla para don Ernesto, licuados para doña Rosa, comida “sin tanta grasa” para Paola y papillas para mi bebé. Lavaba platos, recogía vasos, sacaba basura, tendía ropa y todavía escuchaba comentarios como:
—Estar en casa no es trabajar, Mariana. Aprovecha que Santiago te mantiene.
Paola tenía 29 años, decía que venía a buscar empleo en un spa, pero pasaba horas haciendo transmisiones en vivo vendiendo maquillaje. Me pedía que le subiera paquetes, que le lavara blusas delicadas, que bajara por su café helado al Oxxo porque “ella estaba ocupada”. Si Luna lloraba, mi suegra decía:
—Déjala llorar. La estás malcriando.
Ese día de la explosión, Luna llevaba horas inquieta. Yo intenté pedir ayuda.
—Paola, ¿puedes cargar a Luna 2 minutos? Se está tirando el caldo y me da miedo quemarla.
Ella levantó sus manos como si yo le hubiera pedido donar un riñón.
—Ay, no, Mariana. Acabo de pagar 1,800 pesos por estas uñas. Si la niña me las rompe, ¿tú me las vas a pagar?
Mi suegra ni siquiera miró a la bebé.
—Hazlo tú, hija. Paola no sabe cargar niños.
Entonces escuché la llave en la puerta. Santiago había vuelto antes por la lluvia. Entró empapado, con una bolsa de pañales y un puré para Luna. Se quedó quieto al verme sudando, con la niña llorando en brazos, mientras su familia seguía sentada.
No gritó. Eso fue lo peor.
Se acercó, me quitó a Luna con cuidado y miró a Paola.
—¿Tus uñas valen más que el llanto de tu sobrina?
Paola se ofendió. Mi suegra empezó a decir que yo era exagerada. Mi suegro apagó la tele molesto.
Entonces Santiago respiró hondo y soltó la frase que partió la casa en 2:
—Mañana se me van de mi casa.
Mi suegra se levantó como si la hubieran golpeado.
—¿Nos estás corriendo por culpa de esta mujer?
Paola me señaló llorando:
—¡Ella te metió ideas! ¡Desde que se casó contigo ya no eres el mismo!
Yo quise defenderme, pero Santiago se puso delante de mí.
—Mariana no me dijo nada. Precisamente por eso estoy hablando yo.
Y cuando pensé que la noche no podía ponerse peor, Paola recibió una llamada. Se fue al balcón, pero alcancé a escucharla decir temblando:
—Ya estoy juntando el dinero… no llamen a la casa de mi hermano.
No podía creer lo que estaba por pasar después…
PARTE 2:Para obtener más información,continúa en la página siguiente