PARTE 1
—Lo vamos a tener sedado aquí en el hospital todo el tiempo que haga falta. Un par de semanas si es necesario. Que se quede ahí tirado hasta que nos firme y nos pase el control de la empresa.
Alejandro mantenía los ojos apretados, aterrado de mover siquiera un dedo. Ya había asimilado tres cosas. La primera: estaba en una cama de hospital. Sentía la aguja del suero en el brazo y el olor a cloro y desesperación típico de las clínicas. La segunda: seguía usando la camisa blanca de ayer, desabotonada, con los cables del monitor cardíaco pegados al pecho. Y la tercera: al otro lado de la cortina blanca que rodeaba su cama, alguien estaba decidiendo su muerte.
—¡Habla más bajo! —siseó una mujer. Alejandro sintió un escalofrío. Era la voz de Silvia, su cuñada. La había escuchado por casi treinta años en cada carne asada, Navidad y velorio familiar—. Todavía no despierta.
—¿Y qué quieres, que ande de puntitas? —le respondió un hombre con voz ahogada, como si hablara tapándose la boca con la mano para no ser reconocido—. El doctor dijo que por la presión, el corazón y la edad, nadie va a sospechar. Todo se ve natural.
Alejandro, a sus 55 años, dueño de una de las tequileras más prósperas de Jalisco, sintió que el pecho se le partía. No por el dolor físico, sino por la traición. Escuchaba a su propia familia planear cómo arrebatarle el patrimonio de toda su vida. Se obligó a respirar despacio. No podía dejar que supieran que estaba consciente.
Pero para entender cómo el hombre más respetado de la región pasó, en menos de veinticuatro horas, de ser un novio a punto de casarse a un rehén en terapia intensiva, tenemos que regresar un poco el tiempo.
Lucía tenía 49 años, era contadora, madre soltera y una mujer a la que la vida le había enseñado a no dejarse de nadie. Su exmarido la había abandonado hace años, dejándola con deudas y una hija pequeña, y desde entonces, Lucía se volvió de acero. Trabajaba como jefa de finanzas en una distribuidora y no toleraba errores. Fue precisamente un error millonario en unas facturas lo que hizo que Alejandro, dueño de la tequilera que les proveía, fuera personalmente a disculparse con ella.
Él esperaba gritos; ella le ofreció un café y le demostró con números dónde estaba la fuga de dinero. Alejandro quedó fascinado. Encontró en Lucía a una mujer que no le daba por su lado ni le interesaba su cartera. Se enamoraron. Pero la familia de Alejandro no pensaba igual. Silvia, la hermana de su difunta esposa, y Víctor, su mejor amigo y socio de toda la vida, detestaron a Lucía desde el primer domingo que la llevó a comer a la casa. Silvia soltaba veneno disfrazado de amabilidad: “Ay, Lucía, qué raro que te fijes en un viudo rico, ojalá no lo dejes en la calle”. Lucía, sin inmutarse, la puso en su lugar frente a todos. Desde ese día, le declararon la guerra.
A pesar de todo, Alejandro y Lucía decidieron casarse. Él se negó a firmar un acuerdo prenupcial. “Lo mío es tuyo”, le dijo. Pero el día de la boda civil, en pleno juzgado, Alejandro empezó a sudar frío. Estaba pálido, gris.
—Es solo un tecito para los nervios que me dio Silvia en la mañana —alcanzó a murmurar antes de desplomarse frente a la jueza.
Cayó como un árbol talado. Ahora, en los pasillos del hospital, mientras la familia fingía llorar, el cardiólogo llamó a Lucía a un rincón, lejos de las miradas de los demás.
—Lucía —dijo el médico, pálido y sudoroso—. Los análisis acaban de salir. Esto no fue un infarto por estrés. A don Alejandro le dieron una dosis masiva de tranquilizantes. Alguien intentó matarlo, y ese alguien está sentado allá afuera en la sala de espera.
No vas a creer el infierno que estaba a punto de desatarse…
PARTE 2
El silencio en el pasillo del hospital era sepulcral, solo roto por el sonido de las máquinas y los murmullos fingidos de la familia. Silvia lloraba en el hombro de su esposo Beto, un hombre gris y alcohólico que siempre estaba a su sombra. Víctor, el mejor amigo, caminaba de un lado a otro fingiendo preocupación, mientras Daniel, el hijo de Alejandro, miraba al suelo, completamente manipulado por su tía Silvia.
Cuando Lucía intentó entrar a la habitación, Silvia se interpuso bloqueándole el paso con una mirada de puro hielo.
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