En treinta años vendiendo pan, nunca había echado a una clienta. Aquella mañana lo hice sin levantar la voz, pero con el corazón firme.
Me llamo Andrés, tengo 58 años y llevo casi toda mi vida detrás del mostrador de una panadería pequeña en Valladolid.
No es una panadería elegante.
Tiene un mostrador de cristal, unas estanterías de madera, una cafetera que ya hace más ruido del que debería y una campanita en la puerta que suena cada vez que entra alguien.
Pero para mí es mi casa.
Allí he visto crecer a niños, envejecer a vecinos y entrar a personas que no venían solo por pan. A veces venían porque necesitaban que alguien les dijera buenos días mirándolos a los ojos.
Eso también alimenta.
Cada mañana, más o menos a la misma hora, entraba Miguel.
Era albañil.
Un hombre de unos cuarenta y tantos, fuerte, callado, con las manos grandes y la ropa marcada por el trabajo. Siempre llevaba las botas con polvo, la chaqueta algo gastada y esa cara de quien ya lleva horas encima antes de que otros hayan empezado el día.
Pero era de los clientes más educados que yo tenía.
Siempre decía:
—Buenos días, Andrés. Lo de siempre, por favor.
Y yo ya sabía.
Dos porciones de empanada.
Siempre dos.
Nunca un café.
Nunca un dulce.
Nunca una queja.
Dejaba las monedas exactas sobre el mostrador, tomaba su bolsa de papel y se marchaba con un gesto amable.
Durante mucho tiempo me pregunté para quién era la segunda porción.
Pero nunca se lo pregunté.
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