PARTE 1
—A ver cómo vas a escribir tu examen mañana, hermanita. Ojalá esos libros también te enseñen a usar la mano izquierda.
Mi hermana Lorena pronunció esas palabras mientras yo estaba tirada en el piso del garaje, abrazando mi muñeca derecha contra el pecho. El dolor era tan intenso que apenas podía respirar. Tenía la mano hinchada y cada intento de mover los dedos me provocaba una punzada insoportable.
Pero lo peor no fue escuchar cómo se había quebrado mi hueso.
Lo peor fue descubrir que mi propia hermana sonreía mientras me veía sufrir.
Me llamo Mariana, tengo 25 años y vivo en Guadalajara, Jalisco. Durante los últimos cuatro años trabajé como auxiliar jurídica mientras terminaba mis estudios y conseguía mi título de licenciada en Derecho.
Nunca tuve una vida fácil.
Mientras otras jóvenes disfrutaban sus fines de semana, yo revisaba expedientes, estudiaba jurisprudencia y tomaba trabajos adicionales para pagar mis gastos.
Todo ese esfuerzo tenía un propósito.
Al día siguiente participaría en un concurso de selección organizado por uno de los despachos de abogados más importantes de la ciudad. Eran dos jornadas de evaluaciones, con análisis de expedientes y pruebas escritas que debían resolverse a mano.
La ganadora obtendría una plaza como abogada litigante, un sueldo de 58 mil pesos mensuales y un bono de contratación de 100 mil pesos.
Para mí, aquella oportunidad significaba algo mucho más importante que el dinero.
Significaba salir de la casa de mis padres.
Significaba dejar de vivir bajo las humillaciones de mi hermana.
Y, sobre todo, significaba ser libre.
Lorena tenía 28 años. Se presentaba ante todos como una exitosa asesora inmobiliaria, aunque llevaba casi dos años sin cerrar una operación importante.
Vivía con nuestros padres, Arturo y Patricia, quienes pagaban sus tarjetas, sus viajes y hasta la mensualidad de su camioneta.
Yo, en cambio, tenía que aportar dinero para los servicios, comprar mi comida y soportar constantes comentarios sobre lo poco que había conseguido.
Aquella mañana bajé al garaje para sacar mi automóvil.
Lorena apareció detrás de mí cuando estaba abriendo la puerta del conductor.
—¿De verdad crees que te van a contratar? —preguntó.
—No tengo tiempo para discutir contigo.
—Siempre tan importante, Mariana.
Intenté entrar al coche.
Entonces me sujetó la muñeca derecha con ambas manos.
Antes de que pudiera reaccionar, me torció el brazo hacia atrás y descargó su peso sobre él.
Escuché un chasquido espantoso.
Caí de rodillas.
—¡Lorena! ¡Me rompiste la mano!
Ella retrocedió, acomodándose tranquilamente el cabello.
—Pues aprende a no presumir tanto.
Después entró a la casa.
Unos segundos más tarde apareció mi padre.
—¡Papá, ayúdame! ¡Lorena me atacó!
Arturo observó mi muñeca deformada y después miró hacia la puerta por donde mi hermana había desaparecido.
Su expresión no mostró preocupación.
Mostró fastidio.
—Deja de hacer ese escándalo. Los vecinos van a escuchar.
—¡Necesito ir al hospital!
—Te llevaré. Pero vas a decir que te caíste. No permitiré que arruines la vida de tu hermana por una pelea entre ustedes.
Lo miré sin poder creerlo.
—¿Y mi vida, papá? ¿Mi examen?
—Podrás presentar otro concurso. Tu hermana no puede darse el lujo de tener antecedentes penales.
En urgencias confirmaron una fractura importante en mi muñeca dominante. Tendría que llevarla inmovilizada durante varias semanas.
Cuando regresamos, mi madre estaba preparando la comida.
—Lorena se siente muy mal por lo que pasó —comentó—. No deberías guardar rencor.
—Mamá, lo hizo deliberadamente.
Patricia dejó el cucharón sobre la mesa.
—Ya basta. No vas a destruir a esta familia por un examen.
Esa noche, mientras contemplaba mis apuntes y mi mano inmovilizada, escuché a mis padres conversar con Lorena en la cocina.
Mi hermana preguntó:
—¿Entonces Mariana ya no podrá conseguir ese trabajo?
Mi padre respondió algo que jamás olvidaré:
—Descuida, hija. Ahora tendrá que quedarse aquí. Y cuando consiga otro empleo, nos ayudará a pagar tus deudas.
Pero Lorena todavía no estaba satisfecha.
—Más le vale que no abra la boca. Porque si intenta denunciarme, voy a asegurarme de que nunca pueda ejercer como abogada.
Entonces comprendí que romperme la muñeca solamente había sido el principio.
Y que mis propios padres estaban dispuestos a ayudarla.
PARTE 2
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