Parte 2
No grité. Ni siquiera lloré. Después de escuchar a Valeria venderme por teléfono, me quedé mirando el techo de lámina como si ahí pudiera encontrar una explicación para tanta crueldad. Lo más triste era que entendía su miedo. Don Aurelio pagaba patrocinios del festival de flores donde ella trabajaba. Tenía amigos en el ayuntamiento, en la policía y en las páginas de sociales. Pero entender su miedo no hacía menos brutal que estuviera dispuesta a entregarme. A las 6, Mateo apareció con café y una cobija.
—No dormiste.
—Tú tampoco.
—Dormir se volvió mala idea desde que llegó una novia perseguida a mi sala.
Casi sonreí. Él calentó frijoles, tortillas y un poco de huevo. Ese desayuno me rompió más que los gritos de mi familia. En mi casa llevaban semanas hablándome de deuda, sacrificio y vergüenza. Mateo solo preguntó:
—¿Quieres salsa o te arde el labio?
Valeria salió del cuarto con el cabello perfecto y la cara tensa.
—Hay que llamar a sus papás. Esto ya se salió de control.
—No —dije.
—¿No? ¿Ahora mandas tú?
—Anoche llamaste a don Aurelio.
La taza de Mateo quedó suspendida en el aire. Valeria se puso blanca.
—Está inventando.
—Te escuché decirle que viniera antes de que Mateo me sacara de Atlixco.
Mateo la miró como si le hubieran cambiado la cara.
—¿Es cierto?
Valeria tragó saliva.
—Yo solo quería que se fuera.
—La estabas entregando.
—¡Y tú estabas destruyendo mi vida por una desconocida!
Mateo no gritó. Eso dio más miedo.
—No destruiste tu vida por ella, Valeria. La destruiste cuando decidiste parecerte a los que la persiguen.
Ella lloró, pero no me conmovió. Hay lágrimas que piden perdón y lágrimas que solo piden no pagar consecuencias. Mateo tomó las llaves de su camioneta.
—Nos vamos a Puebla. Mi amiga abogada trabaja con casos de violencia familiar.
Valeria miró hacia la ventana.
—No van a llegar.
En ese momento tocaron la puerta. 3 golpes. Lentos. Seguros. De alguien que no pide permiso.
Mateo me escondió en el cuarto de radio, pero dejé la puerta entreabierta. Entraron mi madre, mi padre, don Aurelio y 2 hombres con guayaberas negras. Mi mamá traía el rosario en la mano. Mi papá llevaba los ojos hinchados, no de culpa, sino de terror a perder el dinero.
—Buenos días —dijo don Aurelio—. Venimos por mi esposa.
Mateo cruzó los brazos.
—Aquí no hay ninguna esposa suya.
—Hay una muchacha inestable que abandonó su boda —dijo mi madre—. Mi hija siempre ha sido dramática.
Salí porque ya no podía seguir escondiéndome.
—No soy dramática. Estoy viva de milagro.
Mi madre vino hacia mí y quiso abrazarme, pero sus dedos buscaron mi muñeca, no mi espalda.
—Ya basta, Lucía. Nos estás avergonzando.
—¿Avergonzando? ¿O saliéndome del precio?
Mi padre bajó la mirada. Don Aurelio sacó un folder.
—Firmaste. Tus padres también. La familia recibió un adelanto.
—Yo firmé una autorización médica para Sofía.
—Firmaste lo que tenías que firmar.
Sentí que el cuerpo se me enfriaba. Recordé a mi mamá poniéndome una hoja frente a la cama de Sofía, diciendo que era urgente para el hospital. Mi firma estaba en un contrato de matrimonio civil arreglado como si yo hubiera aceptado todo.
—Falsificaron el acuerdo.
Mi mamá me susurró:
—Si Sofía no camina, será por tu culpa.
Mateo golpeó la mesa.
—No use a una niña para justificar una venta.
Don Aurelio sonrió.
—Joven, usted no entiende cómo funcionan las familias decentes.
—Entiendo que usted quiere comprar una mujer de 25 años y llamarlo tradición.
Mi padre explotó:
—¡Nosotros no la vendimos! ¡Solo aceptamos ayuda!
—¿Cuánto? —preguntó Mateo.
Nadie respondió.
—¿Cuánto cuesta su conciencia?
Mi padre murmuró:
—1 millón 200 mil.
Mateo respiró hondo, abrió un cajón y sacó una carpeta de escrituras.
—Tengo media hectárea de mi abuelo. La vendo hoy. Si el problema es dinero, se acaba aquí. Pero Lucía no sale con ustedes.
Me quedé sin voz.
—Mateo, no.
—No estoy comprándote. Estoy comprando tiempo para que puedas pelear.
Valeria soltó una risa amarga.
—¿Vas a perder la tierra de tu abuelo por una mujer que apareció anoche?
—Voy a perder lo que sea antes de ver cómo la arrastran.
Don Aurelio dejó de fingir.
—Ya me cansaron.
Hizo una señal. Sus hombres avanzaron. Uno empujó a Mateo contra la consola. El otro me agarró del brazo. Grité. Mi madre miró hacia la puerta, no hacia mí. Mi padre se quedó quieto. Valeria se tapó la boca.
Don Aurelio se acercó a mi oído.
—Te dije que nadie iba a creerte.
Entonces una luz roja se encendió detrás de él. El golpe contra la consola había activado el micrófono de la radio comunitaria. Todo lo que dijeron acababa de salir en vivo en Facebook, y los celulares empezaron a vibrar al mismo tiempo.
Parte 3 Continua en la siguiente pagina