Nueve días después de dejarnos tiradas en el aeropuerto, mi esposo preguntó, como si acabara de recordar que tenía familia:
—¿Clara todavía no ha vuelto?
El mayordomo respondió con una frase seca:
—Señor, no hemos podido comunicarnos con ella.
Y entonces, por primera vez en años, Ethan Miller sintió miedo.
Pero para ese momento, yo ya no estaba donde él creía.
Ni mi hija tampoco.
Todo empezó en el aeropuerto de Miami.
Con una mano arrastraba una maleta enorme. Con la otra sostenía a mi hija Lily, que ardía de fiebre contra mi pecho. La bolsa de pañales se me resbalaba del hombro una y otra vez, y el teléfono seguía encendido en mi mano.
El chat con Ethan estaba lleno de mensajes sin respuesta.
El primero decía:
“¿Dónde estás?”
El último:
“Lily tiene fiebre. ¿Qué hago?”
Diecisiete mensajes.
Ni una sola respuesta.
Acabábamos de aterrizar para unas vacaciones en Cancún. En teoría, era nuestro viaje de aniversario. Cinco años de matrimonio. Yo había reservado desde hacía semanas el restaurante frente al mar que tanto le gustaba. También había empacado el vestido blanco de Lily, ese que la hacía verse como una pequeña princesa.
Yo imaginaba una cena familiar bajo luces cálidas, con el sonido de las olas y Ethan sonriendo como antes.
Pero apenas el avión tocó tierra, su teléfono sonó.
Él miró la pantalla, frunció el ceño y contestó en voz baja.
—Sí. Ya llegué. Está bien, voy para allá.
Cuando colgó, sacó su maletín del compartimento superior y me dijo sin mirarme:
—Tengo una reunión urgente. Ustedes tomen un taxi al hotel.
Creí haber escuchado mal.
—Ethan, Lily está enferma. Además, prometiste que este viaje…
No me dejó terminar.
—Ya te dije lo que tienes que hacer. El hotel está pagado. Da mi nombre en recepción. No me llames, es importante.
Y se fue.
No cargó a nuestra hija. No le tocó la frente. Ni siquiera la miró.
Yo me quedé en medio del pasillo del avión con Lily temblando en mis brazos, mientras una azafata pasaba empujando la silla de ruedas de una anciana y me lanzaba una mirada de lástima que me atravesó el alma.
Intenté convencerme de que Ethan estaba realmente ocupado. Era CEO. Tenía proyectos enormes. Quizá esta reunión era decisiva.
Quizá yo estaba exagerando.
Quizá.
Llegué al hotel casi una hora después, agotada y empapada de sudor. En recepción, la empleada revisó la reserva y su sonrisa profesional comenzó a tensarse.
—Señora Miller, sí, su esposo reservó una suite frente al mar. Pero dejó una nota.
—¿Qué nota?
La recepcionista dudó.
—Indicó que usted debía hacer el check-in sola. Y que él probablemente no se hospedaría aquí durante estos días.
Sentí que el piso se movía bajo mis pies.
Subí a la habitación con Lily dormida a medias sobre mi hombro. Le tomé la temperatura: 38.7. Le di medicina, la limpié con paños húmedos, le cambié la ropa y esperé a que su respiración se calmara.
Cuando por fin se quedó dormida, abrí el teléfono.
Ethan seguía sin responder.
Entonces entré al perfil de Sofía Reyes.
Mi antigua amiga de la universidad.
La mujer a quien yo misma había recomendado para trabajar como asistente de mi esposo.
Había publicado algo hacía cinco minutos.
Nueve fotos.
Una sola frase:
Gracias por la cena de trabajo, jefe. El atardecer en Cancún no pudo ser más perfecto.”
Abrí las imágenes una por una.
Un restaurante junto al mar.
Una mesa llena de mariscos.
Dos copas de vino.
Dos platos.
Y en la última foto, Sofía aparecía sonriendo dentro de un auto.
Detrás de ella, al volante, había un hombre con camisa polo negra.
No se veía su rostro completo.
Pero sí su muñeca.
Y en esa muñeca brillaban los gemelos de plata que yo le había regalado a Ethan en su último cumpleaños, después de ahorrar durante tres meses.
En el asiento del copiloto había una caja envuelta en papel azul claro.
Mi regalo de aniversario.
El reloj Omega que Ethan había mencionado tantas veces.
Ni siquiera lo había abierto.
Mientras tanto, mi hija deliraba de fiebre en una cama de hotel, murmurando:
—Papá…
Le escribí a Ethan una vez más:
“¿Ya cenaste?”
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