PARTE 1
—No traiga a ese muchacho a esta casa, señora… la gente de la calle siempre termina robando algo.
Daniel Herrera escuchó la frase desde la entrada de la mansión, todavía empapado por la lluvia, abrazando su mochila rota como si dentro llevara el último pedazo de su vida.
La mujer que lo había recogido minutos antes, Mariana Soler, no se volteó de inmediato. Se quedó quieta, con su abrigo color crema mojado y el rostro endurecido.
—Cuidado con lo que dices, Andrés —respondió ella—. Este joven no es un objeto perdido. Es una persona.
Daniel bajó la mirada. Tenía veinte años, dos días sin comer bien y una vergüenza que le pesaba más que la ropa mojada. Horas antes estaba sentado bajo un toldo roto cerca de Buenavista, llorando en silencio mientras la Ciudad de México se hundía bajo la lluvia.
No siempre había sido así.
Creció en Iztapalapa, en una casa pequeña donde faltaba dinero, pero nunca cariño. Su papá manejaba un taxi viejo. Su mamá vendía comida afuera de una secundaria. Daniel era bueno para los números y soñaba con estudiar administración, abrir un negocio y comprarle a su mamá una casa con ventanas grandes.
Pero primero murió ella, por una infección que no alcanzaron a tratar. Luego murió su padre en un choque, trabajando de madrugada para pagar deudas. Después vino el desalojo. Una bolsa con ropa, una foto familiar y sus certificados escolares fue todo lo que logró rescatar.
Esa noche, cuando Mariana lo vio llorando bajo la lluvia, ordenó detener su camioneta.
—¿Tienes hambre? —le preguntó.
Daniel quiso decir que no, por orgullo. Pero su estómago contestó con un temblor.
Mariana le dio un sándwich, jugo y una manta. Después le ofreció dormir una noche en la casa de huéspedes.
—¿Por qué me ayuda? —preguntó él, desconfiado.
Ella tardó en responder.
—Porque una vez nadie se detuvo por alguien que yo amaba.
Ahora, en aquella mansión de Lomas de Chapultepec, Daniel entendía que no todos estaban de acuerdo con esa decisión.
Andrés Valdés, sobrino de Mariana, lo miraba como si acabaran de meter basura al comedor. Era elegante, guapo, con sonrisa fría y manos de hombre acostumbrado a firmar papeles sin ensuciarse.
—Tía, tú no sabes quién es —insistió Andrés—. Puede inventar cualquier historia.
Daniel apretó la mochila.
—No pedí venir —dijo con voz baja.
Andrés sonrió.
—Eso dicen los mejores oportunistas.
Mariana se acercó a Daniel y le puso una llave en la mano.
—Vas a dormir, bañarte y comer. Mañana veremos qué sigue.
Por primera vez en meses, Daniel tuvo una cama limpia. Pero antes de dormir, desde la ventana de la casa de huéspedes, vio a Andrés hablando por teléfono, furioso, mirando hacia su habitación.
Y al día siguiente, cuando Daniel abrió su mochila, descubrió que alguien había revisado sus papeles.
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente