PARTE 2
La iglesia de San Agustín estaba cubierta de orquídeas blancas, velas altas y arreglos tan perfectos que parecían diseñados para ocultar la podredumbre de quienes se sentaban en las primeras filas.
Elena llegó 15 minutos antes de la marcha nupcial.
No llevaba un vestido discreto.
Llevaba un vestido de seda verde esmeralda, elegante, sobrio, ajustado con buen gusto a su figura todavía marcada por el parto. Su cabello iba recogido en un chongo bajo, con aretes pequeños de perla y un maquillaje suave que no escondía el cansancio, pero sí mostraba algo que nadie esperaba ver en ella: calma.
En brazos cargaba a Lucía, envuelta en una manta color marfil.
A su lado caminaba el licenciado Mateo Arce, con traje gris oscuro y una carpeta negra bajo el brazo.
—La medida cautelar fue admitida esta mañana —dijo él en voz baja—. El juez mercantil autorizó el congelamiento temporal de las cuentas relacionadas con las transferencias. La Fiscalía ya recibió la denuncia por administración fraudulenta y falsificación de firma.
Elena no apartó la mirada de la puerta principal.
—¿Y el fideicomiso?
—Tenemos trazabilidad completa. Parte del dinero se usó para el enganche del departamento de Julián y Valeria en Santa Fe. Otra parte salió hacia una cuenta a nombre de la hermana de ella. Y hay correos donde Julián autoriza movimientos aunque después diga que no sabía.
Elena respiró despacio.
—¿La prueba de ADN?
—Certificada. Y ya está anexada a la demanda familiar. Él podrá negar muchas cosas, pero no a su hija.
La música empezó.
Los invitados se pusieron de pie.
Esperaban ver entrar a Valeria.
Pero las puertas se abrieron y apareció Elena.
Primero se escuchó un murmullo. Después, un silencio pesado cayó sobre la iglesia.
Las mujeres que antes le sonreían con lástima ahora la miraban de pies a cabeza. Los socios de Julián se acomodaron incómodos en sus bancas. Doña Mercedes, en primera fila, se llevó una mano al collar de perlas.
—¿Qué hace esa aquí? —susurró, aunque todos la escucharon.
Julián estaba en el altar, vestido con un traje negro impecable. Al verla, su sonrisa se borró.
Luego miró el bulto en sus brazos.
Su expresión cambió.
Confusión.
Molestia.
Miedo.
Bajó del altar antes de que el sacerdote pudiera decir algo y caminó hacia ella con la mandíbula apretada.
—¿Qué demonios estás haciendo, Elena? —dijo entre dientes—. ¿Qué es eso que traes?
Ella levantó la mirada.
—Tú me invitaste.
—No vine a que hicieras un espectáculo.
—Curioso. Porque eso parece tu boda.
Algunos invitados ahogaron una risa nerviosa.
Julián miró a Mateo.
—¿Y este quién es?
—Mi abogado.
El rostro de Julián se tensó.
En ese momento, las puertas se abrieron de nuevo.
Valeria entró con su vestido de novia, una cola larga y un ramo de rosas blancas. Caminaba sonriendo, una mano sobre su vientre apenas abultado, disfrutando cada mirada.
Hasta que vio a Elena en medio del pasillo.
La sonrisa se le cayó como vidrio roto.
—Julián —dijo Valeria, con voz temblorosa—. ¿Por qué está ella aquí?
Elena giró hacia la novia.
—Vine a felicitarte.
—No eres bienvenida.
—Qué extraño. El dinero de mi abuelo sí fue bienvenido en tu departamento nuevo.
Valeria se quedó pálida.
Doña Mercedes se levantó furiosa.
—¡Basta! ¡Saquen a esta mujer resentida!
Mateo abrió la carpeta negra y sacó 3 documentos sellados.
—Señora Rivas, le sugiero tomar asiento.
—¿Usted quién se cree?
—El abogado de la señora Elena Mendoza. Y estos son documentos oficiales de un juzgado de la Ciudad de México.
Julián arrancó una copia de sus manos.
—¿Qué es esta basura?
Sus ojos bajaron por las páginas. Al principio leyó con fastidio. Luego con desconcierto. Después con terror.
Allí estaban las cuentas.
Los montos.
Las fechas.
Las firmas.
Elena observó cómo el hombre que la había llamado inútil empezaba a sudar frente a 200 invitados.
—Esto no puede ser —murmuró Julián.
Valeria retrocedió un paso.
—Amor, yo puedo explicarlo.
La iglesia explotó en murmullos.
—¿Explicar qué? —preguntó Julián, mirándola—. Tú dijiste que ese dinero venía de tu familia.
Valeria apretó el ramo.
—Era para nosotros. Para empezar bien. Para demostrar que podíamos estar al nivel de todos ellos.
Elena soltó una risa breve, sin alegría.
—¿Robarme era su forma de empezar bien?
Julián levantó la vista hacia Elena.
—Tú no entiendes. Yo no sabía todo.
—Claro que sabías.
Mateo le entregó otra hoja.
—Correo del 12 de enero. Respuesta enviada desde su cuenta corporativa, señor Rivas. “Hazlo antes de que Elena revise el fideicomiso.” ¿Le refresca la memoria?
El sacerdote bajó la mirada. Los invitados ya no susurraban: grababan con sus celulares.
Doña Mercedes estaba blanca.
—Elena, por favor —dijo Julián de pronto, cambiando el tono—. No hagas esto aquí.
Ella acomodó la manta de Lucía.
—Tú escogiste el lugar.
—Podemos hablarlo.
—No.
—Elena…
—Dijiste que querías que viera cómo se ve una familia de verdad.
Entonces retiró lentamente la manta del rostro de la bebé.
Lucía abrió los ojos.
Julián dejó de respirar.
Miró a la niña, luego a Elena, luego otra vez a la niña.
—No… —susurró—. No puede ser.
—Se llama Lucía —dijo Elena—. Nació hace 3 semanas.
El ramo de Valeria cayó al piso.
Y cuando Julián entendió que la bebé tenía sus mismos ojos, toda la iglesia vio cómo su boda empezaba a convertirse en juicio.
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