PARTE 1
A los 18 años, Beatriz Salvatierra entendió que en su propia casa ya no era hija de nadie.
Era moneda de cambio.
La noticia se la dieron en el despacho viejo de la casona familiar, en la colonia Roma, mientras la lluvia golpeaba los ventanales y su madrastra, doña Mercedes, se acomodaba un anillo enorme como si estuviera cerrando un buen negocio.
—Te vas a casar con don Ricardo Monteverde —dijo sin pestañear—. Y deberías dar gracias, niña. Ese hombre acaba de pagar las deudas de tu padre.
Beatriz sintió que el aire se le atoraba en la garganta.
Don Ricardo Monteverde.
Todos en la alta sociedad de la Ciudad de México lo conocían como la Bestia de la Sierra. Decían que era inmenso, enfermo, amargado, que vivía encerrado en una hacienda perdida entre los cerros de Hidalgo y que nadie que entraba a su casa salía igual.
También decían que había enloquecido después de la muerte de su hermana menor.
—No pueden hacerme esto —susurró Beatriz.lksr
Su padre, don Arturo, estaba sentado junto a la chimenea apagada. Tenía los ojos rojos, la camisa arrugada y las manos temblorosas.
No la miró.
Había perdido caballos, joyas, terrenos, pagarés y hasta el retrato de la madre muerta de Beatriz en mesas de juego donde los hombres arruinados seguían brindando como si fueran reyes.
Cuando ya no tuvo nada más, entregó a su hija.
—Vas a salvar a esta familia —dijo Mercedes, con una sonrisa fría—. No seas egoísta.
Beatriz pensó en Julián Aranda, el joven elegante que le había prometido amor eterno después de bailar con ella 3 veces en el Casino Español.
Él le había dicho que la rescataría.
Pero cuando supo cuánto debía don Arturo, desapareció sin una carta, sin una llamada, sin tantita vergüenza.
—Neta creíste que ese muchacho te amaba —se burló Mercedes—. Los hombres como Julián aman hasta que aparece una deuda.
La boda fue 3 semanas después en una iglesia antigua del Centro Histórico.
No hubo alegría.
Hubo murmullos.
Las señoras con perlas falsas fingían rezar mientras estiraban el cuello para ver a la muchacha vendida. Los hombres comentaban en voz baja que Monteverde había pagado una fortuna por ella.
Beatriz caminó al altar con un vestido marfil que parecía mortaja.
Entonces vio a Ricardo.
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Era enorme.
Su traje negro no podía ocultar el volumen de su cuerpo. Respiraba con dificultad y se apoyaba en un bastón de plata. Tenía la cara pálida, los labios apretados y el sudor brillándole en la frente.
Pero sus ojos no eran crueles.
Eran claros, cansados, profundamente tristes.
Cuando Beatriz puso su mano sobre la de él, Ricardo la sostuvo con una delicadeza que la desarmó.
—No tengas miedo —murmuró—. No vine a tocarte ni a hacerte daño.
Beatriz no supo qué responder.
Después de la ceremonia, Ricardo ordenó salir de inmediato hacia la hacienda. No hubo fiesta, no hubo brindis, no hubo música. Solo un carruaje oscuro atravesando la carretera bajo una tormenta interminable.
Hacienda La Encarnación apareció de noche como una fortaleza de cantera, rodeada de magueyes, cerros negros y árboles doblados por el viento.
Una ama de llaves la llevó a una habitación enorme, con cama tallada, cortinas rojas y un crucifijo antiguo.
Beatriz se quedó sola junto a la chimenea, temblando.
Horas después, la puerta se abrió.
Ricardo entró sin saco, con la camisa blanca abierta del cuello y el bastón golpeando despacio el piso.
Ella retrocedió.
Él lo notó.
—Te parezco un monstruo —dijo con voz grave—. No te culpo.
Ricardo no se acercó a la cama. Caminó hasta un sillón reforzado frente al fuego y dejó varios documentos sobre una mesa.
—Siéntate, Beatriz. Esta noche no habrá mentiras.
Ella obedeció, con el corazón golpeándole el pecho.
Ricardo abrió el primer legajo.
—Tu padre no me vendió una esposa. Yo compré tiempo. Para ti… y para mí.
Beatriz levantó la mirada, confundida.
—Julián Aranda no quería casarse contigo por amor. Quería tu herencia.
—Yo no tengo herencia.
Ricardo la miró fijamente.
—Sí la tienes. Tu madre era heredera de tierras en Querétaro que valen más de lo que tu padre imaginó. Cuando cumplas 21 años, esas propiedades pasarán legalmente a tu nombre. Julián lo descubrió antes que tú.
Beatriz sintió un frío horrible.
Ricardo sacó otro papel, amarillento, marcado con sellos médicos.
—Hace 4 años, Julián cortejó a mi hermana Isabel. Ella huyó con él creyendo que la amaba. 6 meses después murió. Dijeron que fue fiebre. Fue veneno.
—No…
—Sí. Le quitaron la dote y la dejaron morir. Tú ibas a ser la siguiente.
La habitación pareció cerrarse sobre ella.
Entonces Ricardo tosió con violencia. Se cubrió la boca con un pañuelo. Cuando lo retiró, Beatriz alcanzó a ver una mancha oscura.
—¿Qué le pasa? —preguntó, casi sin voz.
Él sonrió con amargura.
—Lo mismo que a Isabel, pero más lento. Mi tío Horacio lleva años envenenándome. La gente cree que engordé por gula. La verdad es que mi cuerpo se está llenando de agua y mi corazón se rinde poco a poco.
Beatriz se quedó paralizada.
—¿Por qué me eligió a mí?
Ricardo apoyó ambas manos en el bastón.
—Porque necesito a alguien que todos subestimen. Alguien joven, inteligente y furiosa. Mi tío espera mi muerte para quedarse con la hacienda, las minas y los pueblos que dependen de nosotros. Julián espera encontrarte viuda, sola y rica. Yo te quité de su camino.
Beatriz sintió que algo dentro de ella se rompía y se encendía al mismo tiempo.
Ricardo empujó los documentos hacia ella.
—No compartirás mi cama. Compartirás mi guerra. Y mañana, si tienes valor, entrarás a mi despacho.
PARTE 2 Para obtener más información,continúa en la página siguiente