PARTE 1
El día que intentaron arrebatarle su casa, don Aurelio Mendoza no lloró por el techo de lámina ni por las paredes agrietadas.
Lloró al recordar a las 3 niñas que habían crecido dentro de aquel humilde hogar, aunque no llevaran su sangre.
Tenía 77 años, la espalda encorvada y las manos endurecidas por trabajar la tierra en una comunidad de la Mixteca oaxaqueña.
Su casa era sencilla: piso de cemento, cocina de humo, una puerta que rechinaba y un pequeño patio donde crecían hierbabuena y bugambilias.
Para cualquiera era un jacal viejo.
Para Aurelio era el lugar donde había aprendido a ser padre.
20 años antes, una tormenta desbordó el río y arrastró la camioneta de una pareja que regresaba del mercado. Sus 3 hijas quedaron solas: Alma, de 9 años; Jimena, de 7; y Ximena, de apenas 4.
Durante el velorio, todos repitieron lo mismo:
—Pobres criaturas.
—Que Dios las proteja.
—Qué tragedia tan horrible.
Pero cuando la autoridad preguntó quién podía recibirlas, nadie levantó la mano.
Algunos tenían demasiados hijos. Otros aseguraban que apenas podían comprar tortillas. Los familiares más cercanos querían dividirlas entre 3 casas distintas.
—Separadas será más fácil —dijo una tía.
Ximena abrazó a sus hermanas y comenzó a llorar.
Don Aurelio, viudo y sin hijos, se puso de pie.
—Las 3 se vienen conmigo.
Su hermano menor, Prudencio, soltó una carcajada.
—No inventes, Aurelio. Si tú apenas comes frijoles.
—Entonces comeremos frijoles los 4.
Esa noche, Aurelio les sirvió tortillas calientes, extendió cobijas limpias sobre 2 petates y les habló con la voz temblorosa.
—No puedo reemplazar a sus padres. Pero mientras yo respire, nadie las separará.
Cumplió su palabra.
Sembró más milpa, cargó leña, vendió quesillo y remendó sus huaraches para comprar uniformes y cuadernos.
Años después, las 3 obtuvieron becas para estudiar en Europa y Canadá.
—Volveremos por ti, papá Aurelio —prometieron.
Primero enviaron cartas.
Después llamadas.
Luego mensajes cada vez más breves.
Finalmente, pasaron 9 años sin regresar.
Prudencio comenzó a burlarse.
—Te usaron, hermano. Les diste todo y ahora ni se acuerdan de ti.
Una mañana llegó acompañado por un abogado, 2 hombres y su hijo Gael.
Puso un contrato sobre la mesa.
—Tu deuda venció. La casa y la parcela ahora son mías.
Don Aurelio palideció.
Había pedido un préstamo para pagar los pasajes de las muchachas, pero Prudencio le había asegurado que solo firmaba un recibo.
—Dame más tiempo —suplicó.
—Tu tiempo se terminó.
Entonces Gael se acercó al anciano y susurró:
—Mi papá no solo quiere sacarte. Ya vendió la tierra y mañana piensa derribar la casa aunque tú sigas adentro.
En ese instante, 3 camionetas negras aparecieron al final del camino levantando una enorme nube de polvo.
PARTE 2