PARTE 2
Dos días antes de la fiesta, Valeria se reunió con el licenciado Arturo Salgado en un despacho del centro de Guadalajara. Sobre el escritorio había tres carpetas con el nombre de su padre. —Tu abuela esperaba no tener que usar esto —dijo el abogado. Seis años atrás, Ricardo había retirado dinero de una cuenta de Elena para salvar un negocio. Lo devolvió únicamente cuando ella amenazó con denunciarlo. Después de aquello, Elena creó un fideicomiso. La casa, varias inversiones, sus joyas y el piano quedaron protegidos. El documento establecía que el instrumento sería para Valeria y que no podía venderse sin la firma de Elena y la autorización notarial de Salgado. Ricardo solo tenía un poder limitado para pagar servicios y atender trámites médicos. Había mostrado páginas incompletas al intermediario, fingiendo tener autoridad total. —El comprador ya fue informado —explicó Salgado—. Cuando supo que podía verse involucrado en fraude, aceptó devolver el piano. Pero primero debemos recuperar el dinero. El domingo, la casa de Elena se llenó de familiares, vecinos y socios de Ricardo. Patricia, con vestido rojo y perlas, recibía condolencias sobre la enfermedad de su suegra como si fuera la mujer más sacrificada del mundo. Renata caminaba junto a Santiago mostrando discretamente las llaves nuevas. Una hora después, Ricardo pidió que todos salieran al jardín. La camioneta estaba estacionada con un enorme moño blanco. —Esto fue posible porque mi madre quiso invertir en el futuro de su nieta —anunció levantando una copa—. Ella decidió vender su piano y convertirlo en una oportunidad para Renata. La tía Lucía frunció el ceño. —¿Elena aceptó venderlo? —Por supuesto —respondió Ricardo. Entonces se oyó el golpe seco de un portafolio al abrirse. En la puerta apareció el licenciado Salgado. A su lado, sostenida por una enfermera y apoyada en un bastón, estaba Elena. Llevaba un vestido azul, sus aretes de perlas y la espalda tan recta como se lo permitía el dolor. —Regresemos a la sala —ordenó—. Mi hijo acaba de contar una mentira. Dentro de la casa, Salgado se colocó junto al espacio vacío donde había estado el piano. Leyó la cláusula del fideicomiso, las limitaciones del poder legal y los comprobantes bancarios. El dinero de la venta había entrado en la cuenta de Ricardo y Patricia; dos días después, de allí salió el pago de la camioneta. El padre de Santiago revisó los documentos. —Ricardo, ¿esto es verdadero? —Es un malentendido familiar. —No —interrumpió Elena—. Es robo. Patricia rompió a llorar. —Nos estás humillando delante de todos. —Humillación fue vender el piano de mi madre y después usar mi casa para fingir generosidad. Salgado abrió la última carpeta. Contenía una demanda civil y una denuncia por abuso patrimonial contra una adulta mayor. —La señora Elena decidirá en los próximos minutos si ambas se presentan mañana. Ricardo palideció. Sin embargo, antes de que Elena hablara, Renata dio un paso al frente y lanzó una acusación que dejó a todos en silencio. —Valeria planeó todo esto porque siempre quiso quedarse también con la casa. Elena giró lentamente hacia su nieta mayor. Y entonces pidió que Salgado leyera el documento que nadie más conocía. ¿Crees que Renata decía la verdad o estaba intentando salvarse? Escribe tu predicción antes de conocer el contenido de esa última carpeta.
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