PARTE 2 Dos días antes de la fiesta, Valeria se reunió con el licenciado Arturo Salgado….
Salgado sacó un sobre sellado y leyó una declaración firmada por Elena tres meses antes de la venta. En ella explicaba que la casa no sería para Valeria, sino donada a una fundación que ofrecía clases de música a niños de bajos recursos. Valeria solo recibiría el piano y una pequeña cantidad para trasladarlo y conservarlo. —Ella no sabía nada de esta decisión —aclaró el abogado—. Así que no podía estar planeando quedarse con la casa. Renata bajó la mirada. Santiago se apartó de ella. Elena observó a su hijo. —Te daré una sola oportunidad. La camioneta se venderá. El dinero completo deberá volver al fideicomiso antes del viernes. Renunciarás a cualquier control sobre mis cuentas y entregarás todos los documentos. Si falta un peso, Arturo presentará la denuncia. Ricardo intentó protestar. —Mamá, estás medicada. Valeria te está manipulando. Salgado colocó sobre la mesa una certificación médica de lucidez mental y una declaración notariada firmada esa misma mañana. Por primera vez, Ricardo no encontró qué decir. Elena miró a Patricia. —No volverás a usar mi casa para aparentar una vida que no pueden pagar. Después se dirigió a Renata. —Tal vez no organizaste el robo, pero aceptaste el regalo sin preguntar de dónde salió. Cuando alguien te da algo demasiado costoso, también debes preguntarte quién pagó el precio. La madre de Santiago tomó su bolso. —Hijo, vámonos. Renata buscó apoyo en su prometido. —Yo creí que mi abuela quería dármela. —Me dijiste que ella te había llamado para ofrecértela —respondió él—. Eso no fue creer. Fue mentir. Santiago terminó el compromiso una semana después. Ricardo pidió un préstamo sobre un local comercial para reponer el dinero. La camioneta fue vendida y el coleccionista devolvió el Steinway acompañado por dos restauradores. Cuando el piano volvió a la sala, Elena apoyó una mano sobre la tapa y cerró los ojos. No lloró. Solo respiró como si una parte de su vida hubiera regresado. Tres semanas después, Valeria tocó para ella en el salón de la escuela donde trabajaba. Interpretó la pieza que Elena le había enseñado de niña. Al terminar, su abuela asintió. —Ahora sí estás tocando para decir la verdad. Elena murió doce días más tarde. La casa fue convertida en una escuela comunitaria de música. Ricardo perdió varios socios cuando se conoció lo ocurrido y tuvo que vender su negocio. Patricia dejó de asistir a las reuniones sociales donde antes presumía de su familia. Renata comenzó a trabajar en una agencia y, meses después, envió una carta a Valeria. “Me acostumbraron tanto a recibir cosas bonitas que dejé de preguntar cuánto les costaban a los demás.” Valeria respondió, pero no volvió a rescatarla de las consecuencias. Cada tarde, cuando los niños terminaban sus clases, se sentaba frente al viejo piano. Las teclas conservaban pequeñas marcas, el banco seguía crujiendo y el sonido llenaba el salón con más fuerza que cualquier camioneta estacionada afuera. Sus padres habían creído que el amor podía medirse por lo que impresionaba a los vecinos. Elena les demostró que el verdadero valor está en aquello que ninguna cantidad de dinero puede reemplazar. ¿Estás de acuerdo con que Elena les diera una oportunidad de devolver el dinero, o habría sido más justo denunciarlos de inmediato?