¡Su señoría, detenga la audiencia! ¡Ese hombre es inocente!
La voz de una mujer resonó en toda la sala.
Don Chema levantó la cabeza.
Sus ojos cansados se abrieron de par en par.
Tres mujeres avanzaban por el pasillo central.
La primera vestía un traje negro y llevaba un maletín de cuero.
La segunda sostenía una carpeta médica.
La tercera cargaba una computadora y varios documentos.
Eran sus hijas.
Sofía, Valeria y Lucía.
Las tres niñas que habían criado con tortillas, frijoles y un salario miserable.
— ¿Mis muchachitas? —susurró el anciano.
Sofía se acercó al estrado.
—Soy la licenciada Sofía Hernández, abogada. Solicito autorización para presentar pruebas recién obtenidas que contradicen la acusación.
El director Robles tocó la mesa.
—¡Esto es un espectáculo! ¡Ese viejo robó dinero público!
Sofía lo miró sin pestañear.
—Entonces no tendrá inconvenientes en que revisemos las facturas.
El juez examinó la documentación y concedió un proceso para verificar su procedencia.
Don Chema comenzó a llorar.
—Hijas, no debían meterse en problemas por mí.
Valeria se arrodillo frente a él.
—Papá, cuando yo tenía cinco años, tú me diste un hogar sin pedirme nada.
Lucía le tomó la mano.
—Ahora nos toca defenderte.
Sofía le acomodó suavemente la corbata.
—Y esta vez, papá, no tendrás que luchar solo.
Al reanudarse la audiencia, Sofía presentó una serie de facturas.
—Los 850.000 pesos supuestamente robados corresponden a materiales que jamás fueron entregados a la escuela.
El juez frunció el fondo.
—¿Tiene pruebas?
Lucía conectó su computadora.
En la pantalla aparecieron fotografías de camiones descargando cemento, varillas y equipo eléctrico en una propiedad privada.
—Estos materiales fueron enviados a un almacén perteneciente a Constructora Robles del Centro.
Un murmullo recorrió la sala.
El director palideció.
—¡Eso no demuestra nada!
Sofía levantó otro documento.
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