PARTE 2: LAS TRES HIJAS QUE HICIERON TEMBLAR AL HOMBRE MÁS PODEROSO DEL TRIBUNAL

—La constructora pertenece a su hermano.

El abogado del director se puso de pie.

—¡Objeción!

—Además —continuó Sofía—, la firma de Don Chema en las autorizaciones presenta diferencias evidentes respecto de sus documentos auténticos. Solicitamos un peritaje independiente.

El juez ordenó incorporar las pruebas para su valoración.

Robles aprieta los puños.

Por primera vez, parecía asustado.

Pero Lucía todavía no había terminado.

—Encontramos transferencias realizadas desde una cuenta vinculada al proveedor hacia una sociedad administrada por el director.

El silencio fue absoluto.

Sofía miró directamente a Robles.

—Mi padre no robó esos materiales. Alguien utilizó su nombre para cubrir el destino.

Durante el receso, Don Chema abrazó a sus tres hijas.

—Estoy muy orgulloso de ustedes.

Sofía sonando entre lágrimas.—Todo lo que somos comenzó contigo.

Pero entonces un hombre anciano apareció junto a la puerta.

Llevaba una carpeta amarillenta.

—Licenciada Hernández, necesito hablar con usted.

Se presentó como Ernesto Salgado, antiguo secretario administrativo de la escuela.

Su voz temblaba.

—El director Robles no acusó a su padre solamente por dinero.

Sofía frunció el ceño.

—¿Qué quiere decir?

Ernesto abrió la carpeta.

Dentro había una fotografía tomada veinticuatro años atrás.

Mostraba a una mujer joven entrando en la escuela con una manta amarilla entre los brazos.

Sofía sintió un escalofrío.

—Esa manta…

Don Chema reconoció inmediatamente la fotografía.

—Es la manta en la que encontré a mi Sofía.

Ernesto patriota.

—La mujer se llamaba Mariana Robles.

Lucía abrió los ojos.

—¿Robles?

—Era la hermana del director.

Sofía retrocedió.

—¿Está diciendo que esa mujer era mi madre?

Ernesto bajó la mirada.

-Si. Y hay algo que nadie les contó.

Sacó un certificado antiguo.

—Mariana nunca abandonó voluntariamente a su hija.

Don Chema comenzó un temblar.

—Eso es imposible. Había una nota dentro de la caja.

Ernesto lo miró con tristeza.

—La nota era falsa.

El silencio cayó sobre todos.

—Entonces ¿por qué me dejaron allí? —preguntó Sofía.

Ernesto respiró profundamente.

—Porque su tío necesitaba que desapareciera.

Sofía sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Ernesto explicó que Mariana había heredado una importante participación en una empresa familiar.

Pero el testamento de su padre establecía que, si tenía descendencia, esa parte del patrimonio pasaría algún día a sus hijos.

—Robles quería controlar toda la herencia —continuó Ernesto—. Y usted era un obstáculo.

Valeria se cubrió la boca.

—¿Por eso abandonó a una recién nacida?

—Mariana documentos recibió que aseguraban que su bebé había muerto poco después del parto.

Sofía comenzó a llorar.

Durante veinticuatro años había creído que su madre no la había querido.

Ahora descubriría que quizás ambas habían sido víctimas de la misma mentira.

—Mariana sigue viva? —preguntó.

Ernesto patriota.

—Y es una empresa muy conocida.

Entonces Don Chema habló.

—Hay algo que nunca les conté.

Las tres hermanas se volvieron hacia él.

El anciano sacó del bolsillo interior de su chaqueta una pequeña llave oxidada.

—La encontré debajo de la manta de Sofía aquella madrugada.

Sofía la tomó con manos temblorosas.

En el metal había grabados dos números.

17-04.

Ernesto perdió todo el color.

—Dios mío…

—¿Qué ocurre? —preguntó Lucía.

El hombre señaló la llave.

—Pertenece a las antiguas cajas de seguridad de la familia Robles.

Sofía apretó la llave.

—Entonces vamos a descubrir qué escondieron.

Pero Ernesto negoció lentamente.—Hay un problema.

—¿Cuál?

Su voz se volvió apenas un susurro.

—Esa caja fue registrada a nombre de su madre. Y ayer alguien intentó vaciarla.

Una hora después, sonó el teléfono de Sofía.

Era un número desconocido.

Contestó.

—¿Licenciada Hernández?

-Si.

—Mi nombre es Mariana Robles.

Sofía dejó de respirar.

La mujer al otro lado comenzó a llorar.

—Me dijeron que mi hija murió hace veinticuatro años.

Sofía presionó el teléfono contra su oído.

—No murió.

Hubo un silencio desgarrador.

Después Mariana susurró:

-¿Sofía?

Las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de la joven.

—Sí, mamá.

Se cerró un sollozo.

—Te he buscado en mis sueños durante toda mi vida.

Sofía cierra los ojos.

Pero antes de que pudiera responder, Mariana añadió:

—Hija, escúchame con atención. Tu tío no puede enterarse de que hablamos.—Ya lo sabes —respondió Sofía—. Está intentando mandar a prisión al hombre que me crió.

Mariana guardó silencio.

Entonces su voz cambió.

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