Mi madrastra me llevó a conocer a un hombre de una familia que llevaba años describiéndome como orgullosa y cruel, segura de que aquel matrimonio sería mi castigo. Decidí arruinar el encuentro fingiendo ser torpe, malhumorada y pésima para todo, pero él no se molestó: me miró y dijo que hacía tiempo nadie era tan sincero con él. 3 días después llegó una nota suya pidiendo permiso para visitarme, y ahora debía enfrentar el noviazgo que yo misma había intentado impedir.

PARTE 1

—Ponte este vestido y no me hagas pasar vergüenzas. Hoy vas a conocer al hombre con el que te conviene casarte.

Mi madrastra dejó el vestido floreado sobre mi cama como si estuviera aventando un costal. Yo tenía 21 años y llevaba 3 viviendo bajo sus órdenes en un pueblo de Los Altos de Jalisco, desde que mi padre murió después de una larga enfermedad. Conocía esa sonrisa de doña Ofelia: cuando la usaba, alguien terminaba humillado. Aquella mañana me tocaba a mí, y ella parecía disfrutarlo de verdad.

—¿Quién es? —pregunté.

—Tomás Robles, el hijo de don Eusebio. Ya sabes cómo son esos Robles: orgullosos, duros, con dinero y sin corazón. Pero a ti no te sobran opciones.

Desde niña la había oído hablar pestes de esa familia. Decía que trataban a los peones como animales, que su casa parecía bonita por fuera y amarga por dentro. Por eso entendí su intención: quería deshacerse de mí y, de paso, verme atrapada con la gente que más despreciaba.

Me vestí, pero hice una promesa frente al espejo: si Tomás esperaba una muchacha dócil, hacendosa y agradecida, iba a conocer exactamente lo contrario.

La camioneta de un vecino nos dejó frente a una finca cerca de Tepatitlán. Yo esperaba una casona presumida. Encontré una casa de muros blancos, macetas de barro, gallinas bajo una bugambilia y olor a café de olla.

Doña Mercedes, la madre de Tomás, nos recibió con delantal y manos enharinadas. Después apareció él: 28 años, sombrero en la mano, botas con tierra y una forma de mirar que no tenía nada de altanera.

Ofelia empezó a vender mis virtudes.

—Elena cose precioso, cocina de maravilla y es muy obediente.

—No es cierto —la interrumpí—. Se me quema hasta el agua. Y obediente, menos.

Mi madrastra casi se atragantó.

Yo seguí.

—También ronco. Me levanto de malas y no pienso pasarme la vida sirviendo café.

Doña Mercedes soltó una carcajada. Tomás bajó la mirada para esconder la sonrisa.

—Pues qué bueno —dijo—. Ya me cansé de que aquí todos vengan a decirme lo que creen que quiero oír.

Eso me desarmó.

Durante la merienda exageré torpezas, hablé demasiado y hasta fingí que se me resbalaba una taza. Tomás la alcanzó antes de que cayera y luego me sostuvo del codo.

—Con cuidado. Una cosa es querer caerme mal y otra romperse un brazo en el intento.

Lo miré, helada.

Yo no le había dicho a nadie que estaba intentando espantarlo.

Y cuando nos despedimos, Tomás me entregó el sombrero que yo había dejado sobre una silla y murmuró:

—No se preocupe, Elena. Si usted vino para que yo no la quisiera, creo que vamos a tener un problema.

PARTE 2

3 días después llegó una nota pidiendo permiso para visitarme. Yo pensé que era una burla, pero Tomás apareció el domingo, peinado con demasiado cuidado y cargando una bolsa de pan dulce para la casa.

Nuestro noviazgo empezó bajo la vigilancia de Ofelia, sentada en la cocina como guardia de aduana. Sin embargo, entre una visita y otra, empecé a descubrir cosas que no encajaban con lo que me habían contado.

Tomás conocía por nombre a los trabajadores de la finca. A un jornalero mayor le consiguió una silla para que descansara la espalda. Su madre preparaba despensas y las mandaba sin poner su apellido en ninguna lista. Cuando acompañé a la familia a recorrer los sembradíos, varios niños corrieron a saludar a Tomás con una confianza que no se finge.

Una tarde le pregunté directamente:

—¿Por qué todo el pueblo dice que ustedes se creen mucho?

Él arrancó una hoja seca de un limonero.

—Porque tenemos tierras. Y cuando uno tiene algo, la gente inventa por qué lo tiene, a quién se lo quitó o a quién mira por encima del hombro. También hay quienes se acercan nomás por interés.

Luego sonrió.

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