PARTE 1
—¡Quiero que lo cremen antes del mediodía! Y nada de autopsias. Mi marido está muerto y no pienso permitir que nadie retrase el funeral.
Escuché esas palabras mientras permanecía acostado sobre una mesa metálica, cubierto con una sábana blanca y con una etiqueta de difunto amarrada al tobillo.
La mujer que acababa de hablar era Leticia, mi esposa desde hacía menos de doce horas.
Y yo estaba vivo.
Me llamo Arturo Mendoza, tengo 46 años y soy dueño de una pequeña empresa de perforación de pozos en Guadalajara. Durante seis años viví como viudo, dedicado a mi trabajo y a mi hija Valeria, hasta que Leticia apareció para convencerme de que todavía podía encontrar la felicidad.
Nos conocimos cuando llegó a mi oficina solicitando un presupuesto para un terreno de su hermano Octavio. El trabajo nunca se realizó, pero ella empezó a visitarme. Era cariñosa, comprensiva y parecía interesarse sinceramente por mi soledad.
Catorce meses después nos casamos frente a ciento cincuenta invitados.
Lo último que recordaba era nuestro brindis. Leticia me entregó una copa de cristal con nuestros nombres grabados.
—Hasta el fondo, mi amor. Por todos los años que nos esperan.
Bebí mientras los invitados aplaudían.
Después, oscuridad.
Cuando desperté, tenía la boca seca, los músculos entumecidos y un frío insoportable. Intenté incorporarme, pero un hombre de cabello blanco me cubrió la boca.
—No haga ruido, por lo que más quiera —susurró—. Su esposa está afuera. Y si descubre que despertó, ninguno de los dos sale de aquí.
Se llamaba Anselmo y trabajaba como vigilante en la morgue.
—Pero mi esposa tiene que saber que estoy vivo —murmuré.
El anciano me miró con una tristeza que todavía recuerdo.
—Lleva casi una hora preguntando cuándo pueden encender el horno crematorio. Ni una sola vez ha preguntado cómo murió usted.
Antes de que pudiera responder, escuchamos unos tacones acercándose.
Anselmo me cubrió completamente.
—Respire despacio. Pase lo que pase, no se mueva.
La puerta se abrió.
Leticia entró acompañada de Octavio, quien la noche anterior me había abrazado frente al altar llamándome hermano.
—Aquí está la autorización —dijo él—. Queremos resolverlo hoy. Sin que nadie vuelva a examinar el cuerpo.
Sentí una mano apretándome el tobillo.
—Qué extraño —murmuró Octavio—. Todavía está tibio.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
Anselmo respondió inmediatamente:
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬
