Desperté en una morgue la mañana después de mi boda y escuché a mi esposa susurrar: “Si lo creman antes del mediodía, nadie podrá descubrir nada”. Todavía llevaba puesto el traje de novio y apenas podía moverme. Un vigilante me escondió mientras ella buscaba desesperadamente la copa del brindis. Cuando descubrí que mi propia hija la había recogido, tomé una decisión: aparecería en mi funeral, pero no llegaría con las manos vacías.

—El sistema de refrigeración está fallando. Ya levanté el reporte.

Octavio soltó mi pierna.

Entonces Leticia preguntó algo que terminó de destruirme.

—¿Encontraste la copa?

—No. Los meseros retiraron todo.

—¡Te dije que esa copa tenía que desaparecer!

Hubo un silencio.

—Cuando esté convertido en cenizas, nadie podrá demostrar nada —contestó Octavio.

Comprendí que aquel brindis no había sido una celebración, sino una sentencia.

Poco después escuché a mi hermana Consuelo gritando desde el pasillo. Se oponía a la cremación y acusaba a Leticia de mentir sobre mis últimos deseos.

—¡Tú y yo teníamos un trato! —le gritó.

Aquellas palabras también me desconcertaron.

¿Mi propia hermana estaba involucrada?

Entonces Leticia se acercó nuevamente. Metió la mano debajo de la sábana, tomó mi mano izquierda y comenzó a quitarme la argolla matrimonial.

La giró hasta arrancármela.

—Esto ya no te sirve, Arturo —susurró.

Y cuando estaba saliendo, escuché a Octavio decir una frase que convirtió mi miedo en auténtico terror:

—Esta vez asegúrate de que no pase lo mismo que con el otro.

Había otro hombre.

Y por la forma en que lo dijeron, comprendí que mi supuesta muerte no era su primer intento.

PARTE 2

Anselmo esperó hasta que Leticia y Octavio abandonaron el pasillo. Después me ayudó a levantarme.

Tenía las piernas tan débiles que apenas podía sostenerme.

—Hay algo que necesito contarle —dijo mientras me entregaba un uniforme de intendencia—. Hace tres años vi a esa misma mujer salir de aquí con las cenizas de otro esposo.

Lo miré sin comprender.

—¿Otro esposo?

—Se llamaba Gerardo. Tenía un taller mecánico y acababa de casarse. Lo trajeron de madrugada, igual que a usted. La viuda exigió cremarlo inmediatamente. Venía acompañada de un hombre que decía ser su hermano.

—Octavio…

—Entonces utilizaba otro nombre, pero estoy seguro de que era él.

Anselmo explicó que había visto moverse un dedo de Gerardo mientras preparaban su cuerpo. Avisó a sus superiores, pero nadie le creyó porque en aquella época tenía problemas con el alcohol.

Gerardo fue cremado esa misma mañana.

—Desde entonces reviso personalmente a todos los que llegan —confesó—. No iba a permitir que volviera a suceder.

Me sacó por una puerta de servicio y me llevó hasta su pequeña casa en Tlaquepaque.

Su hija Adriana trabajaba en un laboratorio clínico. Cuando me examinó, descubrió que tenía el pulso anormalmente lento y signos de haber sufrido una intoxicación.

—Necesitamos atención médica y tomar muestras cuanto antes —advirtió.

Me llevaron discretamente a una clínica donde recibí atención y quedaron documentados mis signos vitales. Adriana también consiguió que se conservaran muestras para realizar análisis especializados.

Mientras tanto, Leticia ya había publicado mi fotografía con un moño negro en redes sociales.

Mi hija Valeria aparecía llorando entre sus brazos.

Quise llamarla inmediatamente.

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