—Si esa mujer descubre que sigue vivo antes de que tengamos pruebas, puede intentar terminar lo que empezó —me advirtió Anselmo.
Las primeras pruebas rutinarias no identificaron ninguna sustancia sospechosa.
Sentí que todo se derrumbaba.
Entonces recibimos una noticia todavía peor.
Octavio había descubierto que mi cuerpo había desaparecido de la morgue. Para evitar un escándalo, organizó un velorio con ataúd cerrado mientras presionaba al personal para encontrarme.
Aquella misma noche llegó a casa de Anselmo.
Me escondí debajo de una cama.
Desde allí escuché cómo le ofrecía cien mil pesos al anciano.
—Dígame dónde está Arturo y este dinero es suyo.
—No sé de qué me habla.
—No me tome por tonto. Un cadáver no sale caminando por su cuenta.
Después reconoció a Anselmo.
—Usted es el viejo que inventó aquella historia de los dedos que se movían, ¿verdad? Qué casualidad volver a encontrarlo.
Su voz se volvió amenazante.
—Mañana será el velorio. Tiene hasta entonces para entregarme lo que escondió.
Cuando se marchó, comprendimos que disponíamos de muy poco tiempo.
Esa madrugada revisé los videos de nuestra boda publicados por los invitados.
En uno aparecía yo levantando la copa.
Un amigo me abrazaba inesperadamente, derramando parte de su contenido sobre mi camisa.
Minutos después me desplomaba.
Pero lo importante sucedía al final de la grabación.
Mientras todos corrían a auxiliarme, Valeria recogía mi copa del piso y la guardaba entre sus pertenencias.
La copa que Leticia buscaba desesperadamente estaba con mi hija.
Le envié un mensaje secreto pidiéndole que fuera sola al panteón donde descansaba su madre y llevara aquel objeto.
También le escribí una frase que únicamente nosotros conocíamos.
Valeria respondió:
—Voy a ir. Pero si estás jugando conmigo, jamás te lo perdonaré.
Por primera vez desde que desperté en la morgue sentí que podíamos demostrar la verdad.
Sin embargo, todavía ignoraba lo más terrible.
La mujer con la que me había casado no solamente ocultaba su pasado.
También ocultaba quién era realmente Octavio.
Y cuando finalmente descubrí su verdadera relación, entendí que Gerardo y yo habíamos sido víctimas de un mismo negocio cuidadosamente planeado.
PARTE 3
A las siete de la mañana llegué al panteón donde estaba enterrada mi primera esposa.
Me escondí detrás de un árbol, cerca de la tumba que había comprado para descansar algún día junto a ella.
Valeria apareció minutos después, vestida completamente de negro. Llevaba los ojos hinchados y una bolsa de tela apretada contra el pecho.
Se detuvo frente a la lápida de su madre.
—Mamá, no sé quién está jugando conmigo, pero alguien acaba de decirme algo que solamente papá sabía.
Salí lentamente de mi escondite.
—Nadie está jugando contigo, mi niña.
Cuando volteó y me reconoció, se quedó inmóvil.
Después corrió hacia mí.
Me abrazó con tanta fuerza que casi perdimos el equilibrio. Me tocaba el rostro, las manos y el pecho, buscando convencerse de que realmente estaba vivo.
—¡Papá! ¡Yo te vi morir! ¡Te vi tirado en el salón!
—Lo sé, corazón. Pero estoy aquí.
Lloramos abrazados frente a la tumba de su madre.
Cuando consiguió tranquilizarse, le expliqué lo ocurrido. Le conté sobre la morgue, la cremación, las conversaciones que había escuchado y el anillo que Leticia me había quitado.
Mi hija comenzó a temblar de indignación.
—Esa mujer durmió conmigo después de tu muerte. Me abrazaba mientras yo lloraba. Me decía que ahora solamente nos teníamos la una a la otra.
Entonces abrió su bolsa.
Dentro estaba la copa de cristal, todavía envuelta en una servilleta del banquete.
—Quería quitármela —explicó—. Dijo que debía guardarla porque era un recuerdo de su matrimonio. Pero yo sentía que era lo último que había tocado mi papá.
En el fondo de la copa quedaba un residuo seco.
Aquello cambió nuestra situación.
Adriana nos acompañó a entregar el objeto y las grabaciones a las autoridades, que solicitaron análisis especializados y preservaron la evidencia.
Horas después recibimos un resultado preliminar alarmante.
Habían identificado restos de una sustancia medicinal capaz de alterar gravemente el funcionamiento del corazón.
Su presencia era compatible con lo que me había sucedido.
—Arturo —me dijo Adriana—, la cantidad que quedó en esa copa puede ayudar a explicar por qué perdiste el conocimiento. Necesitamos que un perito confirme todo, pero esto ya no parece un accidente.
Recordé el vino derramándose sobre mi camisa.
Aquel movimiento involuntario de mi amigo probablemente me había salvado la vida.
Sin embargo, había otra víctima cuya historia necesitábamos conocer.
Anselmo conservaba el teléfono de doña Socorro, la madre de Gerardo, el hombre fallecido tres años antes.
Cuando la llamamos y le explicamos lo ocurrido, tardó varios segundos en responder.
—Llevo tres años esperando que alguien me diga la verdad sobre mi hijo —susurró—. Díganme dónde están.
Fuimos a visitarla.
Vivía en un cuarto modesto, cerca de un mercado de Guadalajara. Era una mujer pequeña, de cabello blanco, que conservaba las fotografías de Gerardo cuidadosamente ordenadas.
Al ver a Anselmo, lo reconoció inmediatamente.
El anciano se quitó la gorra.
—Señora, tengo que pedirle perdón. Vi mover un dedo de su hijo antes de que lo cremaran. Intenté avisar, pero nadie me creyó. Nunca tuve valor para contárselo.
Doña Socorro se llevó una mano al pecho.
—Yo siempre supe que algo no estaba bien.
Después sacó un álbum de bodas.
Al abrirlo, sentí que el estómago se me hundía.
Allí estaba Leticia.
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