Tenía el cabello rubio y utilizaba otro nombre, pero era indudablemente ella.
A su lado aparecía Octavio, presentado también como su hermano.
Las fotografías mostraban una boda parecida a la nuestra: el mismo estilo de decoración, un brindis frente a los invitados y unas copas personalizadas.
Pero una fotografía revelaba algo todavía más perturbador.
En el reflejo de un espejo, detrás del salón, Leticia y Octavio aparecían besándose apasionadamente.
No era un gesto familiar.
Era el beso de dos amantes.
—Mi hijo nunca vio esta fotografía —dijo doña Socorro—. El fotógrafo me entregó el álbum después de que ella desapareció.
Miré a Anselmo.
Durante catorce meses había recibido a Octavio en mi casa. Le había prestado vehículos, pagado comidas y permitido quedarse a dormir cuando decía que tenía problemas económicos.
Ahora comprendía que los dos habían estado representando una mentira delante de mí.
Regresamos a casa de Anselmo con el álbum.
Allí encontramos a Consuelo esperándonos.
Cuando mi hermana me vio vivo, primero se quedó paralizada. Después me dio una bofetada.
—¡Dos días llorándote, desgraciado! —gritó.
Y enseguida me abrazó.
Aproveché para preguntarle por aquel supuesto trato con Leticia.
Consuelo bajó la mirada.
—Una semana antes de la boda le exigí que me mostrara sus documentos. No encontraba a nadie que conociera su pasado. Ella prometió enseñármelos después de casarse si yo no decía nada durante la ceremonia.
—¿Ese era el trato?
—Sí. Y acepté porque tenía miedo de perder a mi hermano. Cuando supe que quería cremarte inmediatamente, comprendí que debía impedirlo.
Me dolió recordar cómo había rechazado sus advertencias.
—Perdóname por no escucharte.
—Lo importante es que estás aquí. Ahora vamos a demostrar lo que hizo.
Consuelo conocía a una familia relacionada con la Fiscalía de Jalisco. Gracias a esa ayuda pudimos contactar con el licenciado Mauricio, un funcionario que aceptó revisar urgentemente el caso.
Le presentamos la documentación médica, los videos, la copa bajo resguardo, las fotografías de Gerardo y la declaración de Anselmo.
También le contamos sobre los cien mil pesos que Octavio había ofrecido para recuperar mi supuesto cadáver.
Mauricio escuchó todo cuidadosamente.
—Hay elementos suficientes para investigar un posible intento de homicidio —explicó—. Pero tenemos que protegerlos y asegurar las pruebas. No quiero que esa pareja descubra lo que sabemos antes de que intervengan los agentes.
Le pregunté si podían detenerlos durante el velorio.
El funcionario meditó unos segundos.
—Podemos preparar un operativo. Usted no tiene que enfrentarlos solo.
—Quiero que todos vean que estoy vivo —respondí—. Que las personas que lloraron mi muerte sepan quién organizó ese funeral.
Después de valorar los riesgos, acordamos que entraría acompañado y bajo protección de los agentes.
A las cinco de la tarde llegamos a la funeraria.
En la entrada había un letrero con mi nombre completo.
Arturo Mendoza. Descanse en paz.
Al verlo, sentí una extraña mezcla de rabia y tristeza.
En aquella sala había más de cien personas. Mis trabajadores, vecinos, familiares y amigos se habían reunido alrededor de un ataúd cerrado.
Había flores blancas, veladoras y una fotografía mía junto a una máquina perforadora.
Leticia estaba vestida de negro.
Octavio permanecía detrás de ella, con una mano apoyada sobre su hombro.
—Arturo fue el amor más grande de mi vida —decía Leticia frente a todos—. Me enseñó que nunca es tarde para volver a empezar. Aunque nuestro matrimonio duró tan poquito, siempre lo llevaré en el corazón.
Algunas personas comenzaron a llorar.
Yo escuchaba desde una entrada lateral.
Mauricio me hizo una señal.
Entonces avancé lentamente hacia el centro de la sala.
El primero en verme fue uno de mis trabajadores.
—¡Don Arturo! —exclamó, dejando caer su sombrero.
Varias personas voltearon.
Una señora gritó.
El murmullo se convirtió en un estruendo de voces.
Leticia dejó de hablar.
Cuando nuestros ojos se encontraron, perdió completamente el color del rostro.
Su micrófono cayó al suelo.
Me detuve frente al ataúd.
—Buenas tardes —dije—. Parece que llegué a tiempo para mi propio funeral.
Nadie sabía qué hacer.
Entonces Leticia reaccionó.
Comenzó a llorar y corrió hacia mí con los brazos abiertos.
—¡Arturo, mi amor! ¡Estás vivo! ¡Es un milagro!
Levanté una mano para detenerla.
—Antes de abrazarme, devuélveme algo.
Me miró confundida.
—¿Qué cosa, cariño?
—Mi anillo de bodas. El que me quitaste mientras creías que estaba muerto.
Sus lágrimas desaparecieron.
—No entiendo…
—Me lo quitaste ayer por la mañana. Dijiste que ya no lo necesitaba.
Le mostré el dedo marcado.
Después señalé la copa que llevaba un agente dentro de una bolsa transparente.
—También buscabas esto desesperadamente. ¿Recuerdas? La copa que me entregaste durante nuestro brindis.
Octavio se puso rígido.
Leticia comenzó a mirar hacia las salidas.
—Arturo, estás confundido. Sufriste algo terrible…
—Escuché cuando ordenaste que me cremaran sin autopsia. Escuché cuando discutiste con Octavio porque no encontraba la copa.
Mi voz se quebró.
—Y te sentí quitándome el anillo. Eso fue lo que más me dolió. Ni siquiera habías terminado de matarme y ya estabas despojándome de lo último que me habías puesto en la mano.
Leticia se volvió hacia Octavio.
—¡Tú me aseguraste que estaba muerto!
—¡Cállate! —respondió él.
—¡Tú dijiste que había sido suficiente!
—¡Que te calles!
La sala quedó en completo silencio.
Mauricio se adelantó junto con los agentes y les informó que estaban siendo investigados por los hechos ocurridos durante la boda y por su presunta relación con otra muerte.
Entonces doña Socorro apareció entre los asistentes.
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