Part 1
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—¡No aguanto más! ¡Por favor, llévenme al hospital!
El grito de Ricardo Torres atravesó la madrugada como un disparo.
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Eran las 3:17 cuando Leonardo Ramírez frenó la camioneta militar frente a urgencias del Hospital General de Tuxtla Gutiérrez. La lluvia golpeaba el parabrisas, las luces rojas de la entrada parpadeaban sobre el pavimento mojado y Ricardo, con el uniforme empapado de sudor, se doblaba sobre sí mismo sujetándose una barriga enorme, redonda, imposible de ocultar.
—¡Ayuda! —gritó Leonardo—. ¡Un médico, por favor!
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El doctor Marcos Salcedo salió corriendo del área de guardia. Llevaba quince años atendiendo emergencias, partos complicados, accidentes de carretera, heridas de machete y crisis de todo tipo. Pero nada lo preparó para ver a un soldado joven, con botas lodosas y uniforme del Ejército, temblando con el vientre de una mujer a punto de parir.
—¿Qué le pasó? —preguntó, arrodillándose junto a la camilla.
Ricardo tenía el rostro blanco como papel. Apenas podía respirar.
—Algo se mueve… aquí dentro… me duele como si me partieran.
El doctor tocó con cuidado aquella barriga tensa. Sintió un golpe desde adentro. Luego otro. Se quedó helado.
Leonardo lo miró con desesperación.
—Doctor, él es hombre. Lo conozco desde la Academia Militar. No puede ser lo que usted está pensando.
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—Yo no estoy pensando nada todavía —respondió Marcos, aunque sus ojos decían otra cosa—. Llévenlo a ultrasonido. Ahora.
Mientras avanzaban por el pasillo, algunas enfermeras se detuvieron. Un soldado con barriga gigante, gimiendo como si estuviera en trabajo de parto, era una escena que nadie podía entender. Ricardo apretaba la mano de Leonardo con tanta fuerza que le dejó los nudillos blancos.
—No dejes que llamen al capitán —susurró.
—¿Qué?
—Prométemelo.
Leonardo no entendía nada. Hacía ocho meses habían salido juntos de una base en Puebla para un entrenamiento especial en la Selva Lacandona, en Chiapas. Desde el primer día, Ricardo había estado extraño. Más callado. Más nervioso. Decía que había tenido un accidente antes de viajar y que había perdido parte de la memoria. Al principio Leonardo lo creyó, pero con el paso de los meses comenzaron los enojos, las náuseas, los desmayos y esa barriga que crecía semana tras semana.
Los demás soldados se burlaban.
—Mira, Torres parece embarazado.
Ricardo agachaba la mirada y seguía caminando, con la mandíbula apretada.
Ahora, frente a la pantalla del ultrasonido, todas las bromas se volvieron una pesadilla.
El doctor Marcos deslizó el transductor sobre el abdomen. La imagen tardó unos segundos en aclararse. Luego aparecieron dos siluetas pequeñas, perfectamente formadas, moviéndose dentro de Ricardo.
La enfermera soltó un rosario.
—Dios santo…
El doctor tragó saliva.
—Hay dos bebés. Dos corazones latiendo.
Leonardo retrocedió, llevándose una mano a la boca.
—No… eso no puede ser.
Ricardo cerró los ojos. Una lágrima le cruzó la sien.
—Ya no puedo esconderlo.
Una contracción violenta le arqueó el cuerpo. El monitor comenzó a sonar con urgencia.
—Quirófano —ordenó el doctor—. Tenemos que sacar a esos bebés ya.
Leonardo corrió junto a la camilla.
—Ricardo, mírame. ¿Qué está pasando?
Ricardo apenas pudo abrir los ojos.
—Perdóname, Leo.
—¿Por qué?
Pero ya no respondió. Perdió el conocimiento antes de entrar al quirófano.
Durante la preparación, una enfermera cortó el uniforme. Se detuvo de golpe al descubrir las vendas apretadas bajo la ropa, las marcas en la piel y la verdad que el uniforme había escondido durante meses.
El doctor Marcos comprendió entonces que el misterio no era médico.
Era humano.
Y mucho más peligroso de lo que todos imaginaban.
Cuando las puertas del quirófano se cerraron, Leonardo se quedó solo en el pasillo, empapado, temblando, con una pregunta clavada en el pecho:
Si aquel soldado no era realmente Ricardo… ¿dónde estaba su mejor amigo?
Part 2 Vea el resto en la página siguiente.