Parte 1
Mi hija Valeria había amado el ballet desde que tenía memoria. A sus 16 años todavía practicaba giros frente al refrigerador, estiraba una pierna sobre el respaldo del sillón y aprovechaba cualquier canción para ensayar pasos en medio de la sala.
—Vas a romper algo un día —le decía yo.
—Entonces necesito practicar más, mamá.
Así era Valeria. Podía reírse incluso cuando estaba agotada.
Vivíamos en Zapopan. Mi esposo, Javier, supervisaba obras de construcción y yo trabajaba en la administración de un hospital privado. No nos iba mal, pero tampoco podíamos gastar sin pensar, y las academias de ballet realmente buenas costaban mucho más de lo que nuestro presupuesto permitía.
Por eso, cuando Valeria llegó una tarde corriendo con el teléfono en la mano, pensé que algo grave había ocurrido.
—¡Mamá, me aceptaron!
—¿Dónde?
Me mostró el correo.
Una academia de Guadalajara la había admitido en un programa avanzado para adolescentes y, además, le habían concedido una beca que cubría casi toda la colegiatura.
La abracé tan fuerte que comenzó a reírse.
El único problema era el transporte.
La academia quedaba a casi 50 minutos de nuestra casa y las clases terminaban después de las 8 de la noche. Javier y yo trabajábamos hasta tarde varios días por semana.
Valeria incluso propuso ir en camión.
—Puedo hacerlo sola.
—De ida quizá. Pero no quiero que regreses tan tarde haciendo transbordos.
Durante casi dos semanas buscamos soluciones.
Entonces apareció Marco.
Marco era el mejor amigo de Javier desde la preparatoria. Se conocían desde hacía casi 30 años. Había estado en nuestra boda, estuvo con Javier cuando murió su padre y nuestras familias habían compartido vacaciones, cumpleaños y Navidades.
Valeria había crecido llamándolo tío Marco.
Su esposa, Lucía, también era cercana a nosotros. Y su hija Renata tenía exactamente la misma edad que Valeria. Las dos incluso habían tomado ballet juntas de niñas.
Un domingo, durante la comida, mencionamos el problema del transporte.
Marco dejó el tenedor sobre el plato.
—¿Por qué nadie me pidió ayuda?
Javier soltó una risa.
—Porque son 3 noches cada semana.
—Mi oficina queda cerca de la academia. La llevo, termino pendientes mientras ella está en clase y luego la regreso.
Valeria abrió los ojos.
—¿De verdad, tío Marco?
—Claro. Alguien tiene que llevarte antes de que te vuelvas famosa y ya no nos hables.
Todos reímos.
Yo también.
Durante las primeras semanas, todo pareció perfecto.
Valeria regresaba hablando sin parar sobre nuevas técnicas, mostraba movimientos en el pasillo y obligaba a Javier a grabarla con el celular.
Hasta que comenzó a cambiar.
Primero dejó de practicar en casa.
Después dejó su mochila de ballet cerrada durante días.
Cuando yo preguntaba por sus clases, respondía apenas:
—Bien.
—¿Qué aprendieron hoy?
—Lo mismo.
Pensé que estaba cansada.
Pero una noche la academia anunció las audiciones para su espectáculo de primavera. Era exactamente el tipo de oportunidad que Valeria había esperado durante años.
—¿Vas a audicionar? —pregunté.
Ella siguió moviendo la comida con el tenedor.
—No.
—¿Cómo que no?
—No soy suficientemente buena.
Aquello me sorprendió.
Valeria podía frustrarse, pero nunca hablaba así de sí misma.
—¿Quién te dijo eso?
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