PARTE 2
Me quedé mirando la fotografía durante varios minutos.
No necesitaba darle la vuelta para reconocerla.
Había sido tomada en el antiguo invernadero experimental de la universidad, la noche del 17 de noviembre, tres años atrás.
Recordaba el olor a tierra mojada, el cristal rompiéndose sobre nuestras cabezas y el calor insoportable de las llamas.
Recordaba también la última frase de Daniel Suárez.
—Xia, no dejes que destruyan las pruebas.
Daniel tenía cuarenta y dos años, una hija de nueve y una forma peculiar de reírse cuando estaba nervioso. Era técnico de laboratorio, no profesor ni investigador famoso. Su nombre jamás aparecía en las publicaciones científicas, aunque era él quien mantenía funcionando los sistemas de riego, iluminación y temperatura de los invernaderos.
Había sido amigo mío mucho antes de que yo conociera a Liang.
Y murió aquella noche.
Sin embargo, tres años después, en los pasillos de la universidad todavía se decía que había sido mi amante.
Alguien había conseguido convertir a un hombre muerto en el villano de una historia que jamás tuvo oportunidad de desmentir.
Volví a leer el mensaje.
«Esta vez no podrás protegerlo».
El teléfono vibró.
Número desconocido.
Contesté sin hablar.
—¿Has recibido el sobre? —preguntó una voz masculina.
Sentí un frío que no tenía nada que ver con la lluvia.
—¿Quién eres?
—Alguien que te aconseja no repetir el error de hace tres años.
—¿Qué quieres?
—Que convenzas a Liang de abandonar la investigación sobre el proyecto Aurora.
Miré hacia la ventana.
Desde mi tercer piso apenas distinguía los edificios del otro lado del callejón.
—Ese proyecto terminó hace años.
El hombre soltó una breve carcajada.
—Eso creías tú.
La llamada se cortó.
Me apoyé contra la pared.
Aurora.
No había escuchado aquel nombre en mucho tiempo.
Era el proyecto que había convertido a Liang en una promesa de la botánica. Había comenzado investigando una variedad de jazmín capaz de resistir largos periodos de sequía sin perder sus propiedades aromáticas.
Años de trabajo, cientos de ensayos, un método de propagación que prometía ayudar a pequeños productores en regiones donde el agua escaseaba.
Yo había visto cómo Liang se quedaba dormido sobre los cuadernos, cómo olvidaba las comidas y cómo sonreía, agotado, cuando una de sus plantas florecía antes de lo previsto.
Siempre recordaré la primera vez que me llevó al invernadero.
—Cuando esto funcione —me dijo—, quiero que cientos de familias puedan cultivar estas flores sin gastar lo que no tienen en agua.
Yo acaricié una pequeña hoja.
—¿Y cuándo piensas dormir?
Él se echó a reír.
—Cuando me obligues.
Entonces todavía se reía conmigo.
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