PARTE 1
“Él siempre me elige cuando lloro”, dijo Valeria con una sonrisa tan tranquila que me heló la sangre.
No lo dijo frente a todos. Lo escuché porque yo estaba detrás de la puerta de la cocina, cargando una charola de enchiladas suizas. Esa noche yo celebraba cinco años de matrimonio con Andrés Mendoza, cirujano cardiovascular en Guadalajara. Había colgado luces, comprado flores en Santa Tere y cocinado todo lo que a él le gustaba.
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Me levanté a las cinco y media de la mañana porque quería que todo saliera perfecto. No por obligación. Por amor. Andrés llegó a las seis, vio el patio iluminado, me tomó la cara entre las manos y me dijo: “Mariana, no te merezco”. Yo me reí. Pensé que quizá esa noche nos devolvería algo perdido.
Luego llegó Valeria Salgado.
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No tocó el timbre. Abrió el portón lateral como si viviera ahí. Traía un vestido azul claro demasiado elegante para una cena familiar y los ojos húmedos antes de que alguien le preguntara nada. Conocía a Andrés desde la secundaria. Era “su mejor amiga”, “la hermana que la vida le dio”. Durante años intenté ser comprensiva. Me repetí que yo era la esposa, que no tenía nada que demostrar.
Valeria entró al patio, miró las luces, vio a Andrés y se le quebró la cara como actriz de telenovela.
“Andrés”, dijo apenas.
Él estaba hablando con su jefe. Dejó la frase a medias. Cruzó el patio en tres zancadas y la abrazó con los dos brazos antes de siquiera mirarme. La sostuvo ahí, frente a mis invitados, en mi cena de aniversario, mientras yo permanecía a cinco pasos con la charola caliente entre las manos.
El patio se quedó raro, con esa incomodidad que se siente cuando todos vieron algo que no debían ver. Mi hermana Lucía, que es abogada y nunca exagera, me miró como si quisiera quitarme la charola antes de que cayera.
“¿Qué pasó?”, le preguntó Andrés a Valeria, acariciándole la espalda.
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“Nada, perdón. He tenido una semana horrible. Vi todo esto tan bonito y me ganó el sentimiento”, contestó ella, señalando mi patio como si mi esfuerzo le perteneciera.
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Yo respiré. Puse la charola en la mesa. Caminé hacia ellos.
“Andrés”, dije.
Tardó cuatro segundos completos en voltear.
“Valeria está mal”, me explicó, como si yo fuera una mesera preguntando por una mesa.
“Ya lo noté”, respondí.
Ella me tocó el brazo. “Mariana, perdón. Soy una dramática. No quise arruinar nada”.
“Claro”, dije.
Pero no se movió. Se quedó pegada a mi marido toda la cena.
Serví la comida, sonreí, brindé. Los invitados elogiaron el lomo. Hasta doña Carmen dijo que el pastel estaba “decente”, Por un momento pensé que la noche podía sobrevivir.
Entonces Valeria levantó su copa.
“Andrés, ¿te acuerdas de la noche antes de pedirle matrimonio a Mariana?”, preguntó, con una sonrisa suave. “Me llamaste como cinco veces. Estabas tan nervioso. Decías que necesitabas hablarlo con alguien que realmente te conociera”.
La mesa entera se congeló.
“¿Eso es cierto?”
Él bajó la vista al mantel.
No respondió.
Valeria soltó un sollozo pequeño. “Perdón, no sé por qué dije eso”.
Y Andrés, mi esposo, en nuestra cena de aniversario, frente a mi familia, sus colegas y nuestros vecinos, se volvió hacia ella y dijo:
“No te disculpes. No hiciste nada malo”.
Sentí algo romperse dentro de mí sin hacer ruido. Me levanté con calma, entré a la cocina y cerré la puerta sin azotarla. Lucía me siguió.
“Todos lo escucharon”, me dijo.
“También escucharon que no respondió”, contesté.
No lloré. Volví al patio, me senté, terminé la cena con la espalda recta y la sonrisa firme. Pero al despedir a Valeria vi algo que no pude olvidar: ella abrazó a Andrés demasiado tiempo, luego me miró con ojos supuestamente arrepentidos, y por medio segundo sonrió como alguien que acaba de ganar.
Lo peor fue que doña Carmen le devolvió la misma sonrisa.
Y en ese instante entendí que aquello no había sido un accidente. No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina