Parte 2 : El último mensaje de Doña Mati no era lo que yo creí. “¿Entonces ya te lo dijo? Perdónanos, hija. No supimos cómo

Parte 2 :
El último mensaje de Doña Mati no era lo que yo creí.
“¿Entonces ya te lo dijo? Perdónanos, hija. No supimos cómo cuidarte de esto.”
Cuidarme. No me pedía perdón por su hijo. Me lo pedía por mí.
Matías seguía parado junto a la mesa, agarrado del respaldo de la silla. Los niños arriba con la tarea, la sopa fría en la estufa, y yo con setenta y tres notificaciones de ocho personas a las que acababa de mandar un audio para hundirlo.
—¿Cuánto oíste —dijo bajito.
No era voz de cachado. Era de alguien rezando.
—Lo de la mujer. Lo del sábado. “Los tres niños.” Que hay un Emiliano.
Cerró los ojos.
—No oíste el final. Siéntate. Te voy a decir de quién es ese niño y por qué llevo tres años mintiéndote para poder cuidarlo.
No me senté.
Fue verdad.
Rafael. Su hermano. El que se murió hace tres años.
Del velorio sí me acordaba. De Emiliano no, porque nunca me lo dejaron ver. Rafa dejó a Karina viuda y a un niño de cuatro años. Al año, al niño le encontraron leucemia.
Quimio en el IMSS, una vez al mes, en sábado. Ese olor a alcohol de hospital que le picaba los ojos a Matías cuando volvía “de ver a un cliente” venía de ahí. Y yo, en la cocina, le reclamaba que llegara cansado.
La tarjeta del IMSS de la guantera. El dinero que cada mes yo le había inventado una amante con gustos caros. Y lo del audio, esa voz fría que me dio asco, lo de “manejar el fin de semana”. No era traición. Era un hombre cuadrando cómo escaparse a una quimio sin que su esposa, que había prohibido a esa familia, se diera cuenta.
—¿Por qué no me dijiste.
—Porque en el velorio me dijiste que escogiera.
Ahí el coraje se me empezó a volver otra cosa.
Tengo que ser honesta o no se entiende.
En ese velorio yo no fui la buena.
Andábamos quebrados, recién metidos a la hipoteca, yo con un niño chiquito y otro en camino que ni Matías sabía. Y la familia de Rafa, ahí, con el café en la mano, le pidió que firmara las deudas que Rafa había dejado. Una tía me vio cruzar la sala y dijo, fuerte, para que yo oyera, algo de “las que nomás llegan cuando hay que repartir”.
Esa noche, en el coche, le dije a Matías que escogiera. Que esa gente nos iba a hundir. Que él o ellos.
Me dijo que sí. Y me dormí tranquila, creyendo que había salvado a los míos.
No supe que al otro día se levantó y siguió yendo. Callado. Pagando con lo que me podía esconder.
Hay un sábado que no se me va. Llegó y se quedó sentado en el coche, en la cochera, como veinte minutos sin bajarse. Yo me asomé por la ventana y pensé “ya ni entrar quiere el señor”. Le reclamé apenas cruzó la puerta. Hoy sé que venía de ver a Emiliano vomitar toda la tarde y necesitaba esos veinte minutos para ponerse la cara de papá normal antes de verme a mí.
Acosté a los niños. Bajé. Me senté enfrente de Matías, no a su lado.
—Dímelo todo. Y ya no me cuides.
—Karina nunca me pidió un peso. Yo me metí. Era el hijo de mi hermano.
—Pudiste decírmelo. Una vez en tres años.

Continua en la siguiente pagina

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