Parte 2 : El último mensaje de Doña Mati no era lo que yo creí. “¿Entonces ya te lo dijo? Perdónanos, hija. No supimos cómo

—¿Y qué te decía. ¿Que el niño que mandaste sacar se estaba muriendo.
Me quedé callada.
—Preferí que me creyeras frío. Hoy, que me creyeras un infeliz. —Bajó la voz—. No quería que cargaras a ese niño. Lo cargué yo para que tú no.
Puse las manos en la mesa porque ya no las sentía.
—Hay un pedazo del audio que no oíste —dijo al rato—. El último minuto. El que cortaste. Óyelo. Pero hoy no. Primero ve a verlo.
No oí el audio esa noche. Hice otra cosa primero.
Agarré el mismo teléfono con el que esa tarde había reenviado todo a ocho personas para destrozarlo en una hora.
Abrí el grupo. Escribí la verdad. Que la mujer era Karina, la viuda de Rafa. Que el niño se llama Emiliano, cinco años, leucemia. Que Matías llevaba tres años cuidándolo a escondidas porque yo, tres años antes, le había exigido cortar a esa familia. Que la fría de esta historia era yo.
Lo mandé sin pensarlo, igual que el otro. El primero me hizo sentir fuerte; este me dejó sin nada. El jefe ya lo había leído. Beto ya lo había leído. Eso ya no se borra.
A Doña Mati no le contesté. No supe con qué cara.
Agarré las llaves.
—Voy a verlo.
—Son las nueve, el hospital ya…
—Mañana. Pero voy.
Esa noche no dormí. Iba a conocer a mi sobrino y no sabía ni de qué color tenía los ojos. Matías durmió en el sillón. No se lo pedí; se acostó ahí solo, y yo no fui por él.
Llegué al otro día. Karina me recibió en el pasillo del IMSS. No me reclamó nada. Me apretó la mano, fuerte, como se aprieta la de alguien que también enterró a un marido.
Entré al cuarto. Un niño pelón, chiquito, una manguera en el brazo, el suero goteando. Tenía los ojos cerrados. Me senté en la orilla de la cama y le agarré la mano. Fría. Se removió, me vio tantito, volvió a cerrar los ojos. Me apretó los dedos y los soltó.
Eso fue todo.
Alcancé tres visitas.
A la cuarta ya no hubo cuarta.
Después del entierro me senté a oír el audio completo.
Los cuatro minutos con veintidós. Y hasta lo último, casi tapada por la voz de Matías, se oye una vocecita preguntar si la tía va a venir. Y a Matías contestándole bajito que sí, que un día viene.
Tres años hablándole de mí a ese niño. De una tía Luciana que lo quería, que andaba ocupada pero que un día iba a ir. Para que el día que yo llegara, si llegaba, no me recibiera como a la tía que no vino.
El audio sigue guardado en tres lugares. Ya no es prueba de nada. Lo abro en las noches y le doy adelantar hasta esa parte. Donde el niño todavía está esperando a la tía.
Esa tarde, en mi cocina, le piqué pausa porque no aguanté.
Ahora lo dejo correr hasta el final.

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