—Si tanto te duele, pide un Uber, Valeria. Yo voy a llevar a mi mamá y a mis hermanos a celebrar al restaurante.
Valeria acababa de dar a luz hacía 7 horas.
Tenía la bata húmeda de sudor, la espalda ardiendo, los labios resecos y una niña recién nacida dormida contra su pecho. Todavía le temblaban las piernas cuando su esposo, Rodrigo, se acomodó el reloj caro y revisó en el espejo del hospital si su camisa no estaba arrugada.
La enfermera se quedó con la boca entreabierta.
—Señor, su esposa no puede irse sola. Necesita reposo, ayuda, alguien que la acompañe.
Rodrigo soltó una risa seca.
—No exagere. Mi mamá parió 4 hijos y al otro día ya estaba haciendo tortillas.
Doña Elvira, su suegra, levantó la barbilla como si le hubieran dado un premio.
—Exactamente. Ahora las muchachitas creen que por tener un bebé se vuelven reinas.
Valeria miró a Rodrigo esperando una señal de vergüenza, una disculpa, algo. Pero él estaba más preocupado por contestar los mensajes del grupo familiar.
Su cuñada Paola entró con un vestido rojo y una bolsa de marca.
—Ya nos están esperando en la terraza, Rodri. No vamos a perder la reservación por un berrinche posparto.
La palabra cayó sobre Valeria como una cachetada.
Berrinche.
Había firmado nóminas, pagado deudas, cubierto mentiras, soportado desprecios y sonrisas falsas durante 3 años. Y ahora, con el cuerpo abierto y su hija recién nacida en brazos, la llamaban berrinchuda.
—Rodrigo —susurró—, ¿de verdad te vas a ir?
Él se acercó a la cama, no para besarla, sino para hablarle bajito, con esa voz que usaba cuando quería humillarla sin testigos.
—No me hagas quedar mal frente a mi familia. De por sí bastante hicimos aceptándote.
Valeria sintió que la sangre se le enfriaba.
Doña Elvira abrió la pañalera y revisó la ropita de la bebé con cara de asco.
—Ay, no. Mira nada más estas chambritas. Se nota que no tienes gusto. Luego le compraremos algo digno, si es que la niña sí salió de nuestra sangre.
La enfermera dio un paso hacia ellas.
—Señora, respete a la paciente.
Pero Valeria ya no escuchaba igual.
Algo dentro de ella se había quebrado, sí, pero no como tristeza. Más bien como una puerta vieja que por fin se cerraba.
Rodrigo tomó las llaves de la camioneta blanca que Valeria había pagado con dinero de su empresa. Besó la frente de la bebé como quien cumple un trámite y caminó hacia la puerta.
—No me estés marcando. Cuando regrese hablamos como adultos.
—¿Y cómo me voy a casa mañana?
Él ni siquiera volteó.
—Como puedas.
La puerta se cerró.
Valeria lloró en silencio 2 minutos. Luego miró a su hija, tan pequeña, con la manita apretada sobre su pecho.
Tomó su celular.
No llamó a su madre. No llamó a una amiga.
Llamó al licenciado Ramos.
—Señora Valeria —contestó él—, ¿ya nació la niña?
—Sí.
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