Parte 2: Le quité la cobija a Lucía y no se la solté.

Parte 2:
Le quité la cobija a Lucía y no se la solté.
La apreté contra el pecho como si alguien me la fuera a arrancar. Cuarenta años buscando esa esquina azul y la tenía ahí, en mis manos, deshilachada, con el color ya casi blanco.
—Siéntese, Marta —me dijo Lucía—. Por favor.
Las clientas se habían ido quedando calladas. La máquina de al lado dejó de sonar. Hasta la juntabasura, la que se había reído de mí treinta años, se quedó parada con las tijeras en el aire.
Yo no me quería sentar. Sentada iba a tener que oír.
—El acta —le dije—. Léemela tú. Yo ya no veo de cerca.
Lucía sacó una hoja doblada. Una copia. Se le arrugó en la mano de tanto apretarla.
No la leyó luego luego. Primero me preguntó una cosa que no me esperaba.
—¿Usted cómo se llamaba… antes? Antes de dejarla.
Y ahí, en media sastrería, con la cobija mojándose de mis lágrimas, supe que esto no iba a terminar en abrazo.
Porque a nadie le preguntan su nombre viejo para darle una buena noticia.
Lucía me contó cómo llegó esa cobija a sus manos.
Ella entró al orfanato a los seis años. En invierno. Le tocó la cama del rincón, la más fría, junto a la ventana que no cerraba bien.
La primera noche, una niña más grande le pasó una cobija por debajo de las camas. Vieja, remendada, con cuadros de todos los colores.
—Tápate con esta —le dijo—. Es de la suerte. Dicen que la hizo una mamá.
Lucía durmió con esa cobija ocho años. Se la llevó cuando la becaron. La tuvo en su cuarto de estudiante, en su primer departamento, en su taller de diseñadora famosa.
Cuando armó su colección, quiso saber de dónde salían esos cuadros cosidos con tanto cuidado. Uno por uno. Sobre todo el azul de la esquina, el único cosido por dentro, escondido, como si valiera más que los demás.
Fue al orfanato. Ya casi no quedaba nadie de antes. Solo una monja muy viejita, sor Remedios, en silla de ruedas, junto a una ventana.
Le enseñó la cobija.
Sor Remedios la tocó con la punta de los dedos. Y se puso a llorar sin decir nada un rato largo.
Luego le dijo que esa esquina azul no era un retazo cualquiera. Que era pedazo de un vestido de bebé. Y que en el archivo que se salvó de la inundación había un papelito prendido con alfiler, amarillo del tiempo, con un solo nombre.
El nombre que yo le prendí a mi hija dentro del vestido, cerca del corazón, antes de dejarla en esa puerta.
Guadalupe.
Yo le decía Lupita. Todavía no cumplía el año.
—Entonces sí estuvo ahí —le dije a Lucía, y algo caliente me subió por el pecho, casi como una alegría—. Mi hija sí durmió con una de mis cobijas. Sí alcancé.
Lucía bajó la cara.
Y esa alegría se me quedó a medio camino, atorada, sin saber para dónde irse.
Porque en el archivo, junto al nombre, había otra cosa escrita. Y Lucía todavía no me la leía.
Esa noche no dormí.
Me senté en la cama con la cobija en las piernas y el vestidito azul en las manos. El de los huecos.
Cuarenta años cortándole cuadros. Ya no era vestido. Era una telaraña.
Me acordé de la noche que la dejé. Hacía frío, como ahora. La envolví, le prendí el papelito con su nombre por dentro para que no se le perdiera, toqué el timbre y me escondí detrás de un carro a ver que la metieran.
No lloré ahí. Lloré tres cuadras después, cuando ya no me veía nadie.
Voy a decir algo que no le he dicho a nadie en cuarenta años.
Cuando volví por ella y me dijeron que los papeles se habían perdido, que ya no sabían cuál niña era cuál, que mejor no removiera, que esos niños ya tenían quién los cuidara… me fui.
No grité. No me metí a la fuerza a buscar unos ojos que reconociera. No armé un escándalo.
Me fui a mi casa y me puse a coser cobijas.
Me dije que era para taparlos a todos, por si acaso.
La verdad es que coser era más fácil que buscar. Coser no me obligaba a saber la respuesta.
Mientras cosía, mi hija seguía en algún lado, tapada, viva, esperándome. Ese cuento me duró cuarenta años.
Por eso, cuando sor Remedios me dijo hace años “deja de cortar ese vestido, ya casi no queda”, y se me quedó viendo raro… ella ya sabía. Sabía quién era yo. Sabía lo del papelito.
Y no me dijo nada. Me dejó cortar y buscar diez años más.
Después entendí por qué se calló. Pero a eso llego. Primero tuve que ir yo misma y que me leyeran completa esa acta.
Hay un frío que no se quita con cobijas. Yo llevaba cuarenta años cosiendo contra ese.
Lucía me llevó al día siguiente, en su coche. Yo con la cobija en las piernas y el vestidito en la bolsa.
Sor Remedios estaba en el mismo cuartito. Muy chiquita ya, como un pajarito. Me reconoció antes de que yo hablara.
Parte 3:                      Continua en la siguiente pagina

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