Parte 2: Le quité la cobija a Lucía y no se la solté.

—Marta —dijo—. La de los colores.
Me senté frente a ella. Le puse la cobija en las rodillas.
—Dígame qué decía el papel, madre. Todo. Ya aguanté cuarenta años, aguanto esto.
Sor Remedios respiró hondo.
—Guadalupe llegó en un vestido azul —dijo—. Con su papelito prendido. Sí estuvo aquí.
—¿Hasta cuándo.
Cerró los ojos.
—Hasta los cuatro años. Un invierno. Le dio fiebre y no se le bajó.
Se me fue el aire. No me salió el llanto. Nada. Nomás me quedé viendo la ventana.
Cuatro años. Mi hija vivió cuatro años a quince cuadras de mi casa, y yo no lo supe.
—Cuando usted empezó a traer cobijas —dijo la monja, muy despacio—, ella ya llevaba años enterrada en el jardín de atrás.
Le pregunté por qué nunca me dijo. Por qué me dejó ir cada mes, con mi bolsa de trapos, buscando una cara que ya estaba bajo la tierra.
Sor Remedios me tomó la mano con sus dedos fríos.
—Porque el día que usted volvió a preguntar, ya no había a quién entregarle —dijo—. Y la vi coser. Vi que cada cobija la hacía por ella. Pensé que si le quitaba la búsqueda, le quitaba las ganas de levantarse.
Me apretó los dedos.
—La dejé buscar, Marta, porque buscándola usted la seguía teniendo viva.
Me quedé callada mucho rato. No sabía si darle las gracias o odiarla. A lo mejor las dos cosas.
Y entonces sor Remedios me contó lo de la cobija. Lo que hizo Lupita antes de morir.
Y eso todavía no se los puedo contar sin que me tiemble la voz. Pero ya casi.
Esa tarde le dije a Lucía que sí. Que aceptaba ser su maestra.
Pero que antes necesitaba hacer una cosa.
Le pedí que me llevara al jardín de atrás. Donde no hay lápidas. Solo pasto y unas piedras que los niños pintan de blanco.
Me hinqué. Me tronaron las rodillas. Ya no tengo edad para el suelo.
Saqué el vestidito azul, el de los huecos. Y saqué mi tijera y mi aguja, las que siempre traigo en la bolsa, aunque ya no cosa para nadie.
Le corté a la cobija vieja la esquina azul. La primera. La única que de verdad la tapó a ella.
Y ahí, hincada en el pasto, con las manos temblando, se la cosí de vuelta al vestido.
Cuarenta años quitándole pedazos a ese vestido para tapar a niños que no eran míos. Y le devolví el único pedazo que importaba.
Quedó completo. Chiquito. Del tamaño de un bebé de un año.
Lo dejé un ratito sobre la piedra blanca. Nada más un ratito. Luego lo volví a guardar. No lo iba a dejar ahí, a la intemperie, con el sereno.
Ya la había dejado una vez a la intemperie. Con eso me sobra para toda la vida.
Falta que les cuente lo que hizo Lupita. Lo que sor Remedios me dijo al oído, bajito, antes de que me fuera.
Cuando a Lupita le subió la fiebre, ya no soltaba su cobija. La de los cuadros de colores. Les decía a las otras niñas, bien segura, con esa terquedad de los niños chiquitos:
—Mi mamá me hizo esta. Por eso yo no tengo frío.
Nadie la contradijo. ¿Para qué.
Y la última noche, cuando ya casi no hablaba, le pidió a la niña de la cama de junto que se la quedara.
—Para que tú tampoco tengas frío —le dijo—. Y para que pienses que tu mamá te la hizo.
Esa niña se la pasó a otra. Y esa a otra. De cama en cama, de invierno en invierno, casi cuarenta años.
Hasta que una noche fría le tocó a una niña de seis años, en el rincón, junto a la ventana que no cerraba.
Lucía.
Yo creí que había cosido cobijas cuarenta años buscando a mi hija.
Mi hija llevaba cuarenta años repartiendo la mía.
El vestidito azul ya no tiene huecos.
Le cosí de vuelta el único pedazo que de verdad la abrigó a ella. El que anduvo cuarenta años buscándola sin que yo supiera que ya la había encontrado.
Lo guardo doblado en el cajón de los hilos. Del tamaño que ella alcanzó a tener.
La cobija vieja, la que anduvo de cama en cama, Lucía la mandó enmarcar y la colgó en medio de su taller. En la pared de los retazos, arriba de todas, donde todo el mundo la ve.
Tiene un hueco en la esquina. El azul me lo llevé yo.
Todos los días paso por ahí. Meto la mano por debajo del vidrio y busco el hueco con los dedos.
Nunca supe de qué color tenía los ojos.
Pero en las noches frías saco el vestidito del cajón. Ya no para cortarlo. Ya está completo.
Nada más para tenerla tapada otro poquito.
Próxima''O'' »
Próxima''O'' »

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *