PARTE 1
—¡Empecemos la subasta en quinientos pesos! —gritó mi esposo, levantando el micrófono frente a casi trescientas personas—. ¿Quién se lleva a esta esposa inútil?
El salón del hotel en Polanco estalló en carcajadas.
Yo permanecí inmóvil bajo las luces, con el vestido azul que había comprado para esa noche y las manos entrelazadas frente al cuerpo. Gregorio Salazar sonreía como si acabara de contar el mejor chiste del año. Cerca de la barra, uno de sus socios levantó una paleta y ofreció quinientos pesos, sólo para seguirle la corriente.
No lloré. No discutí. Lo miré.
Aquella humillación no había empezado esa noche. Llevaba veintisiete años construyéndose, comentario por comentario, silencio por silencio, hasta volverme casi invisible dentro de mi propio matrimonio.
Yo había organizado aquella gala de la Fundación Salazar: centros de mesa, invitados, prensa, menú, patrocinadores y hasta el vino que Gregorio presumía como elección suya. Durante once años hice todo detrás del escenario mientras él recibía aplausos.
Llegó cuarenta minutos tarde, me besó la mejilla frente al consejo y dijo:
—Mi mujer siempre logra que todo parezca sencillo.
Después pasó una hora adjudicándose mis decisiones.
Durante la cena bebió varios whiskies y comenzó con sus bromas habituales. Dijo que yo era anticuada, que todavía anotaba gastos en una libreta y que mi idea de emoción era cambiar las flores del comedor.
—Ángela es la mujer menos interesante de este salón —anunció—. Lo digo con cariño.
Todos rieron. Yo también sonreí, porque durante años confundí la paciencia con la dignidad.
Más tarde, uno de sus socios propuso una subasta simbólica para recaudar fondos. Gregorio me tomó de la mano y me llevó al escenario. Por un segundo creí que iba a agradecerme.
En cambio, me puso una mano sobre el hombro como si exhibiera un objeto usado.
—Quinientos pesos por mi esposa. Cocina, organiza y casi nunca se queja.
Las risas volvieron, más fuertes.
Miré aquellos rostros: personas a quienes había recibido en mi casa, enviado regalos, acompañado en hospitales y felicitado en cumpleaños. Todos celebraban mientras mi marido me convertía en mercancía.
Entonces una voz surgió desde el fondo:
—Veinte millones de pesos.
El silencio cayó de golpe.
Un hombre alto, de traje gris, estaba junto a la entrada. Tendría unos sesenta años. No miraba a Gregorio. Me miraba a mí con una expresión extraña, casi solemne.
Gregorio soltó una risa nerviosa.
—Vaya, tenemos un donador generoso.
El desconocido caminó hacia el escenario. La gente se apartó a su paso.
—Soy Daniel Robles —dijo.
Varios invitados contuvieron el aliento. Yo conocía el apellido: empresario, filántropo, dueño de una de las firmas de inversión más importantes del país.
Gregorio extendió la mano.
—Señor Robles, es un honor.
Daniel no se la estrechó.
—No vine por su fundación. Vine porque sabía que su esposa estaría aquí.
El rostro de Gregorio cambió.
—¿Ustedes se conocen?
—Nunca lo había visto —respondí.
Daniel me sostuvo la mirada.
—Señora Mendoza, necesito hablar con usted. Mañana. Hay algo que debió saber hace muchos años.
Acepté antes de poder arrepentirme.
En el auto, Gregorio apretó el volante.
—¿Qué hiciste para que un hombre ofrezca veinte millones por ti?
—Nada.
No me creyó.
Esa misma noche llamó a su asistente y ordenó investigar a Daniel. Al amanecer recibió una respuesta que lo dejó pálido: aquel hombre llevaba años buscando a una mujer llamada Ángela Mendoza.
Y Gregorio entendió, antes que yo, que la subasta apenas había abierto una puerta que nadie podría volver a cerrar.
No podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir…
PARTE 2
Continua en la siguiente pagina