PARTE 1
—Octavio pagó para que ese hombre se casara con su hija porque ningún otro soportaría mirarla—susurró una mujer en la primera fila.
La frase recorrió el Templo Expiatorio de Guadalajara como una chispa. Renata Villaseñor la escuchó desde la entrada, rodeada de flores, cámaras y doscientas personas que no habían ido a desearle felicidad, sino a comprobar si los rumores eran ciertos.
A sus veintinueve años, Renata era alta, de cuerpo fuerte y mirada firme. Una mancha color vino cubría parte de su mejilla izquierda y descendía hasta el cuello. Cerca de la sien, el cabello le crecía más fino. Desde niña había escuchado apodos que su propio padre jamás detuvo: monstruo, vergüenza, la hija que nadie elegiría.
Por eso caminó sin velo.
En el altar la esperaba Sebastián Alcázar, heredero de una empresa familiar arruinada por un escándalo financiero. Su padre había muerto acusado de desviar dinero, las cuentas del Grupo Alcázar estaban congeladas y su hermana menor había abandonado la universidad.
Octavio Villaseñor le ofreció salvarlo todo: pagar las deudas, reabrir el caso de su padre y limpiar el apellido familiar.
A cambio, Sebastián debía casarse con Renata.
Tres semanas antes, durante su único encuentro, ella había sido directa.
—Mi padre dice que usted está desesperado.
—Y a mí me dijeron que usted odia las mentiras.
—También le habrán dicho que soy horrible.
Sebastián sostuvo su mirada.
—Me dijeron muchas cosas. Prefiero conocerla antes de repetirlas.
No era amor. Pero nadie había hablado con Renata sin compasión fingida ni crueldad disfrazada de broma. Por eso aceptó.
Ella también necesitaba escapar.
Su madre, Elena, había muerto doce años atrás al caer desde la galería de la residencia familiar en Chapala. El informe habló de un accidente. Renata nunca lo creyó. Desde entonces, Octavio la mantuvo entre médicos privados, sedantes y diagnósticos de “inestabilidad emocional”.
La noche anterior a la boda, Renata encontró una pequeña llave escondida en el costurero de Elena. Estaba segura de que abría un archivo antiguo que su padre mantenía cerrado.
La cosió dentro del corsé de su vestido.
Horas después, dos hombres enviados por Octavio irrumpieron en su habitación. Le apretaron los brazos, registraron sus cajones y exigieron saber qué había sacado del despacho. Renata no confesó nada. Ellos no revisaron el vestido.
Durante la firma del acta, Octavio apoyó una mano sobre el hombro de su hija para posar ante los fotógrafos.
Renata se estremeció tanto que la pluma cayó al suelo.
Sebastián lo vio.
Esa noche, en la hacienda La Cumbre, una empleada encontró sangre en la parte posterior del vestido. Renata se encerró y rechazó al médico de su padre.
Sebastián tocó la puerta.
—No entraré sin permiso. Pero necesito saber si estás herida.
Tras un largo silencio, el cerrojo se abrió.
Renata estaba junto a la cama, con el vestido desabrochado. La llave había atravesado la tela y cortado su piel. Sin embargo, eso no fue lo que dejó a Sebastián sin aire.
Vio marcas antiguas alrededor de sus muñecas, cicatrices en los tobillos y líneas pálidas sobre la espalda, como si la hubieran inmovilizado durante días.
—¿Quién te hizo esto? —preguntó, arrodillándose para no quedar por encima de ella.
Renata apretó los labios.
—Mi padre. Y los médicos que pagaba para decir que todo era por mi bien.
Entonces Sebastián entendió que no se había casado con la mujer que todos llamaban monstruo.
Se había casado con la única sobreviviente de una familia que todavía intentaba destruirla.
Y Octavio Villaseñor acababa de descubrir que la llave de Elena ya no estaba donde debía.
PARTE 2
Sebastián limpió la herida sin llamar a nadie. Preguntó antes de tocarla, dejó la puerta abierta y prometió que ningún médico elegido por Octavio volvería a entrar en la hacienda.
Renata no le creyó por completo, pero fue la primera promesa que no sintió como una amenaza.
Durante las siguientes semanas, el matrimonio construido como un negocio comenzó a cambiar. Renata revisó las cuentas de La Cumbre y descubrió cobros falsos que perjudicaban a los trabajadores. Sebastián reemplazó al administrador y devolvió el dinero. Cuando una modista de Polanco habló de “esconder” el cuerpo de Renata bajo telas oscuras, él la expulsó; luego pidió disculpas por decidir sin consultarla y dejó que Renata eligiera a quién contratar.
No era amor todavía. Era respeto. Para ella, eso ya parecía un milagro.
Pero Octavio seguía dentro de la casa.
El doctor Salcedo apareció sin cita diciendo que debía evaluar la salud mental de Renata. Sebastián lo rechazó frente a todos. Dos días después, Mónica, la asistente personal de Renata, bebió por error una taza de chocolate destinada a su patrona y cayó inconsciente.
Un médico independiente confirmó que la bebida contenía un sedante peligroso.
—Era para mí —dijo Renata junto a la cama de Mónica—. Mi padre nunca pensó dejarme vivir después de la boda.
Esa misma noche, ella condujo a Sebastián hasta el archivo de Elena, trasladado a La Cumbre por instrucciones de un testamento que Octavio no había podido ignorar.
La llave giró.
Dentro encontraron cartas, estados bancarios y una libreta escrita en código. Renata reconoció el sistema: su madre escondía cifras reales bajo gastos domésticos. “Velas” significaba sobornos. “Lavandería”, retiros del fideicomiso. “Reparaciones”, pagos a funcionarios.
Durante días descifraron cada página.
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