PARTE 1
—Si vas a casarte con ese cargador de almacén, entra sola; yo no voy a prestarme a esta vergüenza.
La frase de Rogelio Mendoza dejó inmóvil a Mariana en el vestidor de la iglesia de San Francisco, en Puebla. Afuera, las campanas anunciaban la boda que llevaba meses preparando. Dentro, su padre acababa de decirle que prefería humillarla frente a 180 invitados antes que caminar a su lado.
Mariana tenía 33 años. Llevaba un vestido sencillo de encaje y sostenía un ramo que empezaba a temblarle. Su madre, Beatriz, había insistido en una recepción lujosa en Lomas de Angelópolis, llena de empresarios conocidos de Rogelio. Mariana se negó. Quería casarse en la parroquia de su infancia y celebrar en un jardín familiar.
Pero el verdadero problema no era la fiesta. Era Tomás Aguilar.
Tomás trabajaba en el centro de distribución de una empresa de transporte. Usaba botas con casquillo, chaleco reflejante y, cuando hacía falta, manejaba un montacargas. Rogelio lo llamaba “el bodeguero”, aunque Tomás coordinaba turnos y conocía la operación mejor que muchos jefes.
Desde la primera comida familiar, el desprecio fue evidente.
—¿Ese trabajo te alcanza para mantener una casa? —preguntó Beatriz.
—Nos alcanza a los dos —respondió Mariana—. Yo también trabajo.
Rogelio soltó una risa.
—Una mujer con maestría no estudia para terminar contando cada peso con un hombre sin futuro.
Tomás no discutió. Agradeció la comida y ayudó a levantar los platos. Después, en el coche, Mariana le pidió perdón.
—No tienes que disculparte por ellos —dijo él—. Pero tampoco quiero que pierdas a tu familia por mí.
Rogelio nunca quiso conocerlo de verdad. Cada vez que Tomás intentaba conversar, él cambiaba de tema o convertía cualquier respuesta en una comparación humillante con otros yernos de la familia.
A los 20 años, Tomás perdió a sus padres en un choque en la autopista Puebla-Orizaba. Se quedó a cargo de Iván, de 14 años, y Lucía, de 11. Trabajó de día, estudió logística por las noches, pagó colegiaturas y aprendió a cocinar y remendar uniformes. Ahora Iván estaba por titularse como ingeniero y Lucía hacía prácticas de enfermería.
Mariana sabía todo eso. También sabía que Tomás dejaba agua para los perros callejeros, llamaba cada domingo a una vecina anciana y jamás hablaba de sus favores. Cuando ella tuvo dengue, cruzó media ciudad bajo la lluvia para llevarle suero y medicamentos.
Pero para Rogelio nada contaba.
—Papá, todavía puedes cambiar de opinión —dijo Mariana—. No te pido que elijas a Tomás. Te pido que acompañes a tu hija.
—Ya elegiste tú. Ahora acepta las consecuencias.
Beatriz estaba detrás, junto a la puerta. Mariana buscó su mirada.
—Mamá, dile algo.
—No hagas una escena. Tu padre está muy lastimado.
Aquello dolió más. Su madre no estaba sorprendida. Lo sabía.
La coordinadora entró nerviosa.
—El sacerdote pregunta si empezamos. Podemos buscar a tu tío Mauricio.
Mariana miró el pasillo. Mauricio también se había burlado de Tomás. Aceptar su brazo sería otra humillación.
Respiró hondo.
—Abrimos las puertas.
—¿Vas a entrar sola?
—No voy a retrasar mi vida porque mi padre decidió quedarse sentado.
El órgano comenzó. Las puertas se abrieron y todas las cabezas giraron.
Mariana avanzó. Oyó susurros, vio celulares levantándose y sintió cada paso como un golpe. En la última fila, Rogelio estaba sentado junto a Beatriz, con los brazos cruzados.
Al fondo, Tomás la esperaba con traje azul marino. Cuando entendió lo ocurrido, miró a Rogelio y dio un paso hacia ella.
Mariana negó con la cabeza. Quería llegar por sí misma.
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