PARTE 1
—Señora, aléjese del elevador. Ese acceso no es para gente como usted.
Valeria Mendoza tardó dos segundos en comprender que la mujer del traje vino estaba hablando con ella.
Era viernes por la mañana y el vestíbulo de Nébula Sistemas, en Santa Fe, Ciudad de México, estaba lleno de ejecutivos, proveedores y empleados que caminaban con prisa entre paredes de cristal. Valeria llevaba un vestido sencillo de lino, el cabello recogido y un recipiente térmico con mole de olla.
Había ido sin avisar porque era cumpleaños de su esposo, Alejandro Reyes, fundador y director general de la empresa.
Tres años antes, Valeria dirigía Horizonte Capital, uno de los fondos que había financiado el nacimiento de Nébula. Sin embargo, cuando el éxito comenzó a convertir a Alejandro en una figura pública, ella decidió apartarse temporalmente.
Al principio lo llamó amor.
Después entendió que también había sido una forma de hacerse pequeña para que él se sintiera más grande.
—Vengo a ver a Alejandro —respondió.
La mujer soltó una carcajada.
En su gafete se leía: Camila Ortega, directora de oficina ejecutiva.
—¿Alejandro? Qué confianza. El señor Reyes no recibe visitas sin cita.
—Soy su esposa.
Camila la observó de arriba abajo y sonrió con desprecio.
—Claro. Y yo soy la dueña del edificio.
Algunos empleados se detuvieron. Nadie intervino.
Camila llevaba tres años trabajando junto a Alejandro. Todos sabían que controlaba su agenda, filtraba llamadas y decidía incluso quién podía acercarse a él durante los eventos.
—Retírese antes de que llame a seguridad.
Valeria respiró hondo.
—Llámalo. Él puede aclararlo.
Aquello pareció enfurecer todavía más a Camila.
—No voy a molestar al director porque una señora con una lonchera decidió inventarse una historia.
Valeria estaba a punto de sacar su teléfono cuando Camila levantó el vaso de café que llevaba en la mano.
—Además, está estorbando.
El movimiento pareció accidental.
Pero Valeria vio perfectamente cómo giró la muñeca.
El café caliente cayó sobre su vestido y parte de su cuello.
El vestíbulo quedó en silencio.
Camila se llevó una mano a la boca con una falsa expresión de sorpresa.
—Ay, perdón. Se me resbaló.
Después sonrió.
—Aunque supongo que ese vestido no costaba mucho.
Valeria no gritó.
Sacó una servilleta de su bolso y comenzó a secarse.
—Seguridad —ordenó Camila—. Sáquenla.
Dos guardias se acercaron.
En ese momento se abrieron las puertas del elevador privado.
Alejandro salió acompañado por tres directivos.
Camila corrió hacia él.
—Qué bueno que llegaste. Una mujer se metió diciendo que es tu esposa. Hasta intentó usar tu elevador. Yo traté de detenerla y ahora está armando un escándalo.
Alejandro miró por encima de su hombro.
El color desapareció de su rostro.
—Valeria…
Camila sonrió, convencida de que él estaba furioso.
—¿La conoces?
Alejandro la miró como si acabara de escuchar la pregunta más peligrosa de su vida.
—Es mi esposa.
Nadie respiró.
Pero Alejandro todavía no había terminado.
—Y es presidenta de Horizonte Capital… el fondo que posee la mayor participación de Nébula Sistemas.
Camila dejó caer su teléfono.
Valeria miró primero la mancha de café sobre su vestido y después a su esposo.
—No vine a revisar la empresa —dijo con calma—. Vine a traerte comida por tu cumpleaños.
Luego señaló a Camila.
—Pero parece que llegué justo a tiempo.
Alejandro intentó intervenir.
—Vale, podemos hablar arriba.
—Sí —respondió ella—. Y quiero acceso inmediato a los registros de su computadora, sus autorizaciones y todos los movimientos que haya aprobado usando tu firma.
Camila palideció.
Y entonces Alejandro cometió el error que cambió todo.
—Valeria, no exageres. Camila lleva años conmigo. No destruyamos su carrera por un café.
Valeria lo miró durante varios segundos.
Ya no parecía herida.
Parecía decepcionada.
Porque acababa de comprender que el problema no era únicamente la mujer que la había humillado frente a todos.
El verdadero problema era el hombre que todavía estaba dispuesto a protegerla.
Y ninguno de los presentes podía imaginar lo que Valeria encontraría esa misma tarde.
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