PARTE 1
—En cuanto mi papá apague las velas, le ponemos los papeles enfrente. Hoy está contento y no nos va a decir que no.
Renata se quedó inmóvil con una jarra de agua de jamaica entre las manos.
La voz era de su madre.
A unos metros, bajo un toldo rentado para la ocasión, don Ernesto Salgado celebraba sus 72 años en el patio de la casa que había levantado casi por completo con sus propias manos, en las afueras de Celaya, Guanajuato. Había cazuelas de carnitas, arroz rojo, nopales, tortillas calientes y un pastel de tres leches con setenta y dos velitas.
Don Ernesto estaba junto al limonero, riéndose con dos antiguos compañeros de obra. Durante más de cuarenta años había trabajado como maestro albañil y contratista. Nunca se volvió rico, pero tenía una casa sin hipoteca, un pequeño local rentado en el centro y unos ahorros reunidos peso por peso.
Renata, de 19 años, siguió caminando como si no hubiera escuchado nada. Al pasar frente a la cocina vio a su padre, Mauricio, sacar una carpeta café de una mochila y esconderla detrás del microondas.
—¿Traes también la copia de su INE? —preguntó Laura, su madre.
—Sí. Si firma hoy, mañana podemos mover todo.
Renata sintió que se le secaba la boca.
Desde hacía meses escuchaba frases como “tu abuelo ya está grande” o “hay que dejar arreglada la herencia”. Pero aquello era distinto. Estaban esperando su cumpleaños para hacerlo firmar algo.
Se acercó a su abuelo cuando todos comenzaron a cantar Las Mañanitas. Esperó a que los aplausos taparan su voz y se inclinó junto a él.
—Abuelo, no firmes nada hoy. Mis papás escondieron una carpeta en la cocina. Los escuché decir que quieren aprovechar que estás contento.
Ernesto no cambió de expresión.
Sopló las velas, abrazó a sus nietos y hasta bromeó cuando le pidieron un deseo. Pero por dentro algo acababa de quebrarse.
Minutos después entró a la cocina con el pretexto de buscar hielo. La carpeta seguía ahí. No la abrió; solo comprobó que Renata decía la verdad.
Al volver miró a Mauricio sirviendo tequila como si nada.
Recordó cuando cargó a su hijo bajo la lluvia para llevarlo a una clínica con fiebre. Recordó las jornadas dobles para pagarle la universidad y la camioneta que vendió años después para ayudarlo a cubrir una deuda.
Nunca le había cobrado nada.
Ni dinero ni gratitud.
Solo respeto.
Una hora después, Ernesto se levantó.
—Familia, ya me cansé. Gracias por venir. Voy a descansar.
Mauricio y Laura se miraron.
—Papá —dijo Mauricio rápidamente—, antes de que te duermas queremos platicarte algo importante.
Ernesto sonrió.
—Mañana, hijo. Hoy ya no tengo cabeza para papeles.
La sonrisa de Mauricio desapareció.
Más tarde, cuando los invitados comenzaron a irse, Ernesto salió por la puerta trasera sin decirle a nadie. Solo Renata lo vio alejarse.
No iba a dormir.
Iba a averiguar qué clase de familia había estado celebrando su cumpleaños mientras esperaba el momento exacto para quedarse con lo que él había construido durante toda una vida.
Y todavía no sabía que lo que encontraría dentro de aquella carpeta sería mucho peor de lo que imaginaba.
PARTE 2
Don Ernesto caminó tres calles hasta la casa de Octavio Reyes, amigo suyo desde hacía más de treinta años y abogado jubilado.
—Necesito que me digas si estoy pensando mal de mi propio hijo.
Octavio escuchó sin interrumpir. Las preguntas recientes sobre las escrituras. La insistencia de Laura en que Ernesto debía compartir sus claves bancarias “por cualquier emergencia”. La vez que Mauricio llegó con un gestor para “actualizar datos”. Todo aquello que antes parecía preocupación ahora sonaba distinto.
—Sin ver los documentos no puedo asegurarte nada —dijo Octavio—. Pero mañana no firmas absolutamente nada.
A las siete de la mañana, Ernesto escribió a Renata.
“Si la carpeta sigue ahí, toma fotos. No la saques.”
Veinte minutos después llegaron nueve imágenes.
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