PARTE 1
—Si se muere, dile a todos que fue una caída. Nadie va a creerle a una muchacha sin dinero contra nuestra familia.
Teresa escuchó esa frase a las 5:12 de la mañana, no de boca de su hija, sino de un policía municipal que la llamó desde una parada de camiones, perdida entre la neblina helada de la carretera México-Toluca.
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—¿Usted es la mamá de Valeria Ríos? —preguntó el agente, con la voz tensa—. Señora… encontramos a su hija. Está embarazada, golpeada y sangrando. Venga de inmediato.
Teresa no gritó. No lloró. Solo sintió que el mundo se le partía por dentro.
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Valeria tenía 24 años y 5 meses de embarazo. Tres años antes se había casado con Santiago Arriaga, heredero de una de las familias más ricas de Lomas de Chapultepec. Desde el principio, Teresa supo que aquella casa no era un hogar, sino una vitrina. La trataban como si fuera una sirvienta con anillo de casada: sonreír, callar, obedecer.
Pero jamás imaginó aquello.
Cuando llegó, las luces rojas y azules cortaban la madrugada. Valeria estaba tirada sobre el concreto mojado, hecha un ovillo, con las manos protegiéndose el vientre. Llevaba solo un camisón de seda empapado. Su rostro estaba hinchado, su labio partido, y temblaba como si el frío se le hubiera metido hasta los huesos.
—Mamá… —susurró.
Teresa se arrodilló junto a ella, sin atreverse a moverla.
—Aquí estoy, mi niña. ¿Quién te hizo esto?
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Valeria tosió, y sus dedos se clavaron en la muñeca de su madre.
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—La plata… —murmuró—. No dejé bien brillantes los cubiertos de la cena. Doña Amalia me jaló del cabello. Santiago… Santiago agarró el palo de golf. Les dije que me dolía el bebé. Me dijeron que ese bebé era un error.
Teresa sintió que algo dentro de ella se apagaba.
No era una caída. No era un accidente. Su yerno y su suegra habían golpeado a una mujer embarazada por unos cubiertos mal pulidos, y después la abandonaron en una parada para que se muriera como si fuera basura.
En el Hospital General, el doctor Herrera salió del quirófano tres horas después. Venía pálido, con los lentes empañados y una carpeta contra el pecho.
—Doña Teresa… su hija está en coma profundo. Tiene traumatismo craneal severo, daño interno y pérdida importante de sangre.
—¿Y mi nieto? —preguntó ella, aferrándose a la pared.
El doctor bajó la mirada.
—El corazón del bebé todavía late, pero el cuerpo de Valeria está luchando apenas por sobrevivir. Debe prepararse para lo peor.
Prepararse.
Teresa entró a terapia intensiva. Su hija parecía más pequeña entre tubos, máquinas y vendas. Acarició su mano fría y miró su vientre apenas levantado bajo la sábana.
Allá, en la mansión Arriaga, Santiago seguramente dormía en una cama enorme, tranquilo. Doña Amalia tal vez ya habría pedido café, convencida de que el dinero limpiaba cualquier crimen.
Teresa salió del hospital bajo la lluvia.
No fue a la policía a suplicar justicia. No llamó a periodistas. No pidió favores.
Abrió la cajuela de su camioneta y sacó un bidón de gasolina que guardaba para la planta de emergencia.
A las 4 de la tarde, estaba frente a la mansión Arriaga. El olor a gasolina subía desde el tapete de bienvenida hasta las columnas de mármol. En su mano temblaba un cerillo encendido.
Entonces su celular vibró con violencia.
Era el doctor Herrera.
Teresa miró la llama, miró la puerta cerrada de la mansión y contestó con la voz rota.
—Dígame si mi hija murió.
Del otro lado, el doctor respiraba agitado.
—No, señora. Valeria abrió los ojos… y está preguntando por usted.
El cerillo le quemó los dedos.
Y por primera vez en toda la noche, Teresa dudó entre quemar una casa… o destruir a una familia entera de una forma mucho peor.
PARTE 2 Continua en la siguiente pagina