La sonrisa desapareció de su rostro.
—Señora Margaret, ¿podría decirme cuándo estuvo embarazada por última vez?
Solté una carcajada.
—¡Cariño, mi hijo menor ya tiene cincuenta y seis años!
Pero la doctora no se rio.
En lugar de eso, llamó a otros dos especialistas.
Los tres permanecieron varios minutos mirando fijamente la pantalla.
Finalmente, uno de ellos habló con voz muy seria.
—Tenemos que realizar más pruebas. Lo que estamos viendo es extremadamente inusual.
Dos horas después, la doctora me invitó a pasar a su despacho.
Se sentó frente a mí, apoyó las manos sobre el escritorio y dijo:
—Señora Margaret, antes que nada, necesito que mantenga la calma. Sus resultados
muestran algo que todavía debemos confirmar. Presenta señales que podrían ser compatibles con un embarazo, y necesitamos averiguar cómo sería posible.
La miré completamente desconcertada.
—¡Eso es imposible! ¡Las mujeres de mi edad no quedan embarazadas!
—De manera natural, no. Precisamente por eso debemos estudiar este caso con muchísimo cuidado.
En ese momento, la puerta se abrió.
Mi hijo Daniel entró.
—Mamá, ¿qué está pasando?
Antes de que pudiera responder, la doctora habló.
—Los exámenes de su madre han mostrado resultados muy extraños. Estamos investigando la posibilidad de un embarazo.
Daniel comenzó a reírse.
Pero entonces vio la expresión seria de la doctora.
—¡Un momento! ¡Mi madre TIENE OCHENTA AÑOS!
Se volvió hacia mí.
—Mamá, ¿nos estás ocultando algo?
No respondí.
Mi hijo dio un paso hacia mí.
—Mamá, por favor, dime… ¿QUIÉN ES ESE HOMBRE?
Cerré los ojos.
Porque había algo que ninguno de mis hijos sabía.
Durante doce
años había guardado un secreto relacionado con mi difunto esposo.
Y aquel secreto había comenzado apenas tres días antes de su muerte.
Tres días antes de morir, Robert me entregó una pequeña caja de madera.
—Margaret, prométeme que no abrirás esto hasta el día en que sientas que algo imposible está ocurriendo en tu vida.
En aquel momento pensé que mi esposo estaba delirando por su enfermedad.
Sin embargo, guardé la caja en el armario de nuestro dormitorio.
Durante doce años nunca la abrí.
Hasta que, seis meses atrás, cuando mi vientre comenzó a crecer, recordé sus palabras.
Aquella noche saqué la caja.
Dentro había una carta y una fotografía antigua.
En la fotografía, Robert aparecía junto a un hombre al que yo nunca había visto.
Mis manos comenzaron a temblar cuando leí la primera línea de la carta.
«Margaret, si estás leyendo
esto, significa que ha llegado el día que tanto temía. Hay algo que te he ocultado durante todo nuestro matrimonio».
Después explicaba que muchos años atrás había participado en un programa de investigación médica del que jamás me había hablado.
El programa estaba relacionado con estudios sobre fertilidad.
Pero lo más aterrador estaba escrito al final de la carta.
«Si alguna vez notas cambios inexplicables en tu cuerpo, ponte en contacto con el doctor Adams. Él lo sabe todo».
Al pie de la carta había un número de teléfono.
Llamé.
El hombre que respondió se quedó en silencio al escuchar mi nombre.
Después preguntó:
—¿Es usted la esposa de Robert?
—Sí.
—Señora Margaret… Llevo mucho tiempo esperando su llamada.
Al día siguiente vino a mi casa.
Era un hombre de aproximadamente setenta años.
En cuanto vio mi enorme vientre, se dejó caer en una silla.
—Dios mío… Entonces Robert tenía
razón.
Le exigí una explicación.
Me contó que, muchos años atrás, Robert se había interesado por investigaciones médicas experimentales porque nosotros habíamos perdido a una hija cuando éramos jóvenes.
Sin embargo, el doctor Adams insistió en que aquellos documentos antiguos no explicaban lo que estaba sucediendo actualmente en mi cuerpo.
—Necesita un examen médico completo, Margaret. A su edad, cambios como estos pueden tener causas muy graves.
Le pedí que no contara nada a mis hijos hasta que descubriéramos la verdad.
Pero aquel día, en el hospital, ya no podía seguir callando.
Cuando Daniel me exigió saber quién era el padre, respondí en voz baja:
—Si las sospechas de los médicos se confirman, la respuesta podría estar relacionada con el secreto que dejó tu padre.
—¿MI PADRE? ¡Mamá, papá murió hace doce años!
Saqué la carta de mi bolso.
Daniel la leyó.
Entonces, de repente, sus ojos se detuvieron en
la fotografía.
Su rostro se volvió completamente blanco.
—Mamá… ¿Conoces a este hombre?
—No.
Mi hijo cayó de rodillas y comenzó a llorar.
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