“Córtenme el brazo”, suplicaba el niño entre fiebre y lágrimas; nadie le creyó, hasta que la mujer que lo cuidaba decidió romper el yeso sin permiso.

Doña Rosa bajó las escaleras con el corazón latiéndole en la garganta. Encontró a Alejandro en el comedor, sentado frente a unos papeles de una clínica privada de salud mental en las afueras de Guadalajara.

Valeria estaba detrás de él, masajeándole los hombros como si fuera una esposa preocupada.

—No puede firmar eso —dijo Rosa, casi temblando—. Mateo tiene fiebre. Los dedos están morados. Ese brazo huele mal. Hay que llevarlo a urgencias.

Alejandro no levantó la mirada.

—Anoche casi se rompe el brazo otra vez. Dice que hay insectos dentro del yeso. ¿Tú entiendes cómo suena eso?

—Lo entiendo perfectamente —respondió Rosa—, porque yo vi las hormigas entrar.

Valeria suspiró, cansada.

—Doña Rosa, con todo respeto, usted lo quiere mucho y por eso no ve la realidad. Mateo está enfermo, pero no del brazo. Está celoso. Quiere separarnos.

—Ese niño pidió que le cortaran el brazo —dijo Rosa, con lágrimas en los ojos—. Ningún niño pide eso por celos.

Alejandro apretó los papeles entre las manos.

—Si lo llevo al hospital y ven heridas, van a decir que lo descuidé. Puedo perderlo.

Valeria se inclinó hacia él.

—Exacto, amor. Piensa bien. Si los doctores malinterpretan todo, ¿qué va a pasar contigo? ¿Con tu trabajo? ¿Con la custodia?

Rosa sintió un frío terrible.

Así hablaba Valeria siempre: suave, dulce, metiendo miedo donde más dolía.

Entonces recordó algo que había intentado olvidar.

Tres días antes, cuando Alejandro viajó a Monterrey por trabajo, Valeria le prohibió entrar al cuarto de Mateo.

—Necesita disciplina —le había dicho—. Si cada vez que llora usted corre a abrazarlo, nunca va a aceptar que esta familia cambió.

Ese mismo día, Rosa encontró en el fregadero una jeringa grande de cocina, de esas que se usan para inyectar marinada a la carne. Junto a ella había un frasco de miel casi vacío y azúcar regada sobre la barra.

En ese momento no le dio importancia.

Ahora le dieron ganas de vomitar.

Subió de nuevo al cuarto. Mateo estaba empapado en sudor. Ya no luchaba. Ya no gritaba. Solo apretaba los dientes mientras lágrimas silenciosas le bajaban por las sienes.

—Rosa… —susurró—. ¿Me cree?

Ella le tomó la mano.

—Sí, mi niño. Te creo.

Afuera, el trueno hizo vibrar los vidrios. Alejandro seguía abajo, atrapado entre el miedo y las palabras venenosas de Valeria.

Rosa supo que si esperaba permiso, Mateo podía morir.

Fue al garaje y abrió el gabinete de herramientas. Encontró unas pinzas industriales pesadas. Las envolvió en su rebozo y subió despacio, rezando bajito.

Al entrar al cuarto, cerró la puerta con seguro.

Casi de inmediato, Alejandro golpeó desde afuera.

—¡Rosa! ¿Qué está haciendo?

Valeria gritó detrás de él:

—¡Está loca! ¡Va a lastimar al niño!

Rosa no contestó.

Se arrodilló junto a Mateo.

—Quédate quietecito, mi cielo. Voy a sacar lo que te está matando.

Metió las pinzas en el borde del yeso.

CRAC.

El sonido partió la casa en dos.

Otro golpe.

CRAC.

Entonces salió el olor.

Dulce.

Podrido.

Enfermo.

Y justo antes de que Alejandro tumbara la puerta, Rosa vio algo moverse dentro del yeso abierto.

Lo que encontró ahí obligaría a todos a esperar la verdad de la parte 3…

PARTE 3                               Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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