PARTE 2
Esa noche dormí a ratos, entre el dolor, los medicamentos y el pitido constante de las máquinas. Cada vez que abría los ojos, esperaba ver a mi mamá sentada en una silla, con su bolsa enorme sobre las piernas, o a mi papá parado torpemente en una esquina, sin saber qué decir. Incluso imaginé a Lucía entrando con lentes oscuros, dramática, diciendo que el tráfico estaba horrible pero que ahí estaba. Nadie llegó. A la mañana siguiente tomé el teléfono y llamé a mi hermana. Mandó directo a buzón. Llamé a mi mamá. Sonó hasta cortarse. Mi papá tampoco contestó. Escribí otra vez en el grupo: “Por favor. Estoy sola. Necesito a alguien.” Dos horas después el celular vibró. Por un segundo absurdo pensé que me dirían “ya vamos”. Pero era una foto. Lucía sonreía en el patio de mis papás con una margarita en la mano. Mi papá estaba junto al asador, volteando carne. Mi mamá llevaba lentes grandes y un vestido fresco. Se veían relajados, contentos, como una familia de domingo. No había texto. No había “¿cómo sigues?”. No había “perdón, no pudimos ir”. Sólo la foto. La miré desde mi cama de hospital, con un drenaje en el cuello, la cara aún hinchada y la garganta lastimada. Y entendí el mensaje completo: nosotros estamos juntos, nosotros estamos bien, tú no eres prioridad. No lloré. Ya había llorado demasiado por gente que nunca parecía notar mis lágrimas. Apagué el teléfono. Durante dos días viví encerrada en el pequeño mundo del hospital. Enfermeras, suero, antibióticos, caldo tibio, instrucciones médicas. La doctora Valeria pasaba a verme más de lo necesario. A veces revisaba la herida. A veces sólo se sentaba un momento y me preguntaba si el dolor había bajado. El tercer día, cuando me dieron de alta, la enfermera preguntó quién vendría por mí. “Mi hermana”, mentí. Pero al salir por las puertas automáticas, nadie estaba esperando. La doctora Valeria estaba junto a la banqueta con sus llaves en la mano. —Yo la llevo —dijo—. No quiero imaginarla subiéndose sola a un taxi. Me dio vergüenza. Le dije que no quería molestarla. Ella respondió: