PARTE 2 Esa noche dormí a ratos, entre el dolor, los medicamentos y el pitido constante……

—No es molestia aceptar ayuda cuando una acaba de salir de cirugía. En el camino no hablamos mucho. Yo miraba por la ventana la ciudad como si fuera ajena. Personas comprando pan, niños saliendo de la escuela, vendedores empujando carritos de fruta. El mundo seguía funcionando aunque yo casi me hubiera ido de él sin que mi familia se moviera de una carne asada. Al llegar a mi departamento, la doctora me acompañó hasta la puerta. Vio la sala silenciosa, la taza sobre la mesa, las fotografías de Andrés y Mateo. No preguntó de golpe. Sólo dejó los medicamentos en la cocina y dijo: —¿Tiene alguien que pueda quedarse con usted? Abrí la boca para mentir otra vez, pero ya no pude. —No —dije—. Mi esposo y mi hijo murieron. Mi familia… está ocupada. Valeria asintió con una tristeza discreta. Luego fue por sopa, yogur, té y pan suave. Guardó todo en mi refrigerador como si fuera lo más normal del mundo. Antes de irse me preguntó algo que me atravesó más que la cirugía: —¿Por qué sigue dando tanto a personas que no vienen cuando usted llama? Esa noche no pude dejar de pensar en la pregunta. Pensé en mi infancia, en cómo Lucía siempre era “la sensible”, “la soñadora”, “la que necesitaba paciencia”, mientras yo era “la fuerte”, “la seria”, “la que podía con todo”. Pensé en mi mamá diciendo que yo debía entenderla porque Lucía no era tan resistente como yo. Pensé en los tres años de renta, en las transferencias, en los mensajes de auxilio que yo sí respondía a cualquier hora. Y entonces me llegó una idea terrible y liberadora: si yo hubiera muerto en ese hospital, ellos habrían llorado, habrían subido fotos conmigo, habrían escrito que fui una mujer maravillosa… y después alguien habría preguntado quién iba a pagar ahora la renta de Lucía. A la mañana siguiente, con las manos temblando, abrí la aplicación del banco. Allí estaba: transferencia automática mensual. Le di cancelar. La pantalla preguntó: “¿Está segura?” Respiré hondo. Pensé en la foto de la margarita. Pensé en mi mensaje diciendo “tengo miedo”. Pensé en la palabra entregado sin respuesta. Presioné “sí”. Fue un movimiento pequeño, casi ridículo. Pero sentí que una puerta enorme se cerraba detrás de mí. Por primera vez en tres años, el próximo primero de mes mi dinero se quedaría conmigo.
PARTE 3                 Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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