Mariana preparó el desayuno como todos los días. Huevos revueltos, pan tostado, fruta para los niños. Rodrigo bajó arreglado, con esa seguridad insoportable de quien cree tener el control de todo.
—Estuve pensando —dijo, sirviéndose café—. Lo del 50 y 50 deberíamos dejarlo por escrito. Para evitar dramas.
Mariana lo miró apenas un segundo.
—Me parece bien.
Rodrigo levantó la vista, sorprendido. Esperaba llanto, reclamos, una súplica. No esperaba calma.
—Qué bueno que lo entiendas —dijo, recuperando su sonrisa.
Pero Mariana ya no estaba entendiendo. Estaba calculando.
Ese mismo día hizo tres llamadas.
La primera fue a una abogada de familia que conoció cuando compraron el departamento.
—Necesito saber qué me corresponde si mi esposo quiere dividir todo —dijo Mariana—. Todo de verdad.
La segunda fue a un contador que años atrás ella había ayudado a ordenar cuando el negocio de Rodrigo era apenas una oficina rentada con deudas, facturas perdidas y miedo al SAT.
—Necesito estados de cuenta, aportaciones y movimientos antiguos —pidió.
La tercera llamada fue a su mamá.
—Mamá, ¿todavía guardas el comprobante del préstamo que me diste para el enganche?
Del otro lado hubo silencio.
—Sí, hija. Lo guardé porque una nunca sabe.
Mariana cerró los ojos. Por primera vez en días, respiró.
Durante una semana juntó papeles. No gritó. No revisó más celulares. No rogó explicaciones. Mientras Rodrigo salía cada noche con pretextos nuevos, ella abría carpetas viejas, buscaba contratos, descargaba movimientos bancarios, fotografiaba documentos.
Y ahí apareció algo que casi había olvidado.
Cuando Rodrigo registró su empresa de instalación de paneles solares, el banco no quiso darle crédito porque no tenía historial suficiente. Mariana firmó como aval. Además, con dinero de su cuenta cubrió impuestos, nóminas y renta durante los primeros meses. En aquel entonces Rodrigo le había dicho:
—Firma aquí, mi amor. Es pura formalidad. Sin ti no soy nada.
Ella firmó confiando.
Pero la cláusula no decía “formalidad”.
Decía que, en caso de separación conyugal o liquidación patrimonial, las aportaciones comprobadas y el aval solidario serían reconocidos como participación económica proporcional en la empresa.
Mariana leyó esa línea 3 veces.
Luego sonrió sin alegría.
El viernes por la noche, Rodrigo llegó tarde. Traía flores.
—Para que veas que no soy tan malo —dijo, intentando besarla.
Mariana se apartó.
—Tenemos que hablar.
En el comedor no había cena. Solo una carpeta beige sobre la mesa.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Qué es eso?
—El 50 y 50 que pediste.
Él se sentó con gesto arrogante.
—Perfecto. Ya era hora de que maduraras.
Mariana abrió la carpeta y sacó la hoja de cálculo impresa. La colocó frente a él.
Rodrigo perdió color.
—¿De dónde sacaste eso?
—De tu computadora abierta.
—Eso es privado.
—También era privada la vida que planeabas quitarme.
Él intentó reír, pero no pudo.
—Paola no significa nada. Era un ejercicio, una idea, una tontería.
—Con dirección en el mismo edificio —respondió Mariana—. Con presupuesto. Con mi salida calculada.
Rodrigo golpeó la mesa con la palma.
—¡No me vas a hacer quedar como un monstruo!
Mariana sacó entonces el contrato de la empresa.
—No hace falta. Tú mismo firmaste todo.
Rodrigo leyó la primera hoja con impaciencia. Luego la segunda. En la tercera, sus manos empezaron a temblar.
—Esto no puede ser.
—Sí puede.
—Tú no trabajaste en la empresa.
—Yo la sostuve cuando no tenía con qué respirar.
Él levantó la cara, furioso y asustado al mismo tiempo.
—Si mueves esto, me destruyes.
Mariana lo miró directo.
—No, Rodrigo. Solo voy a dividir todo, como tú pediste.
Entonces el celular de Rodrigo vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció el mensaje de Paola: “¿Ya le dijiste que el departamento de arriba es para nosotros?” Y Mariana entendió que todavía faltaba lo peor por salir.
¿Crees que Rodrigo todavía podía justificar algo después de ese mensaje, o Mariana ya tenía que ir hasta el final?
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