“Ya entré a su computadora.”
“La contraseña sigue siendo la fecha de nacimiento de su abuela.”
“Pasa el dinero antes de que revise el estado de cuenta.”
“Dile que el banco cometió un error.”
Rebeca le arrebató las hojas.
—¡Tú dijiste que habías borrado esos mensajes!
Alejandro giró hacia ella con los ojos desorbitados.
—¡Cállate!
Continuó revisando la carpeta con las manos temblorosas.
Había algo peor.
Mucho peor.
Un contrato de préstamo falsificado.
La firma de Valeria aparecía al final del documento, pero Alejandro sabía perfectamente que ella nunca lo había firmado.
Él había calcado su rúbrica seis meses antes para conseguir un préstamo de un millón ochocientos mil pesos.
El dinero había sido utilizado para pagar deudas de Rebeca y para invertir en un supuesto negocio inmobiliario que había fracasado.
La última página contenía una sola frase escrita a mano por Valeria.
“Creíste que no veía nada. Lo vi todo.”
Alejandro dejó caer la carpeta.
—Nos va a meter a la cárcel.
Rebeca retrocedió.
—No digas tonterías. Eres su esposo. Lo arreglarás.
—¡Me denunció por agresión! ¡Tiene pruebas del fraude!
—Entonces ve por ella y haz que retire la denuncia.
Alejandro miró el rostro de su hermana.
Durante años había resuelto todos sus problemas.
Había mentido por ella.
Había utilizado dinero de Valeria para salvarla.
Había falsificado documentos.
Y esa mañana había atacado a su esposa porque Rebeca quería hacer una compra.
Pero por primera vez comprendió que quizá su hermana no estaba preocupada por él.
Solo estaba preocupada por perder el acceso al dinero.
—Tú me dijiste que necesitabas ese préstamo porque te iban a embargar —susurró.
—Y lo necesitaba.
—Dijiste que ibas a devolverlo.
Rebeca levantó los hombros.
—No fue posible.
—Vendiste el departamento que compraste con ese dinero.
—Era mío.
Alejandro apretó los puños.]
—¿Dónde está el dinero de la venta?
Rebeca no respondió.
Su silencio fue suficiente.
Alejandro tomó su teléfono y llamó a Valeria.
La llamada se fue directamente al buzón.
Volvió a marcar.
Bloqueado.
Intentó desde el teléfono de Rebeca.
Esta vez Valeria respondió.
—¿Bueno?
Alejandro respiró con fuerza.
—¿Dónde estás?
—Eso ya no es asunto tuyo.
—Tenemos que hablar.
—No.
—Valeria, lo de esta mañana fue un error.
Ella guardó silencio durante unos segundos.
—Un error es derramar el café al mover la mano. Tú levantaste la taza, me miraste y la lanzaste.
—Estaba enojado.
—Eso no cambia nada.
—Podemos arreglarlo.
—Ya lo estoy arreglando.
Alejandro miró la carpeta abierta sobre la mesa.
—¿De dónde sacaste esos documentos?
—De mi propia computadora. De mis cuentas. De las cámaras del departamento. De los respaldos automáticos que olvidaste borrar.
La sangre abandonó el rostro de Alejandro.
—¿Cámaras?
—La cámara de la cocina grabó todo.
Rebeca se llevó una mano a la boca.
Alejandro bajó la voz.
—No puedes entregar eso a la policía.
—Ya lo entregué.
El teléfono casi resbaló de su mano.
—Valeria, soy tu esposo.]
—Eras mi esposo cuando me robaste. Eras mi esposo cuando falsificaste mi firma. Eras mi esposo cuando lanzaste café hirviendo a mi cara.
—Piensa bien lo que haces.
—Lo pensé durante años. Hoy finalmente actué.
—Si me destruyes, también te destruirás tú.
Valeria soltó una risa sin alegría.
—El departamento es mío. La empresa es mía. Las cuentas bloqueadas son mías. Tú no tienes nada a tu nombre porque siempre viviste de mí.
Alejandro miró alrededor de la sala vacía.
Solo quedaban el sofá que él había elegido y la televisión que Rebeca quería llevarse.
—No puedes echarme de mi casa.
—Esa nunca fue tu casa.
La llamada terminó.
Alejandro lanzó el teléfono contra la pared.
La pantalla se hizo pedazos.
—¡Todo esto es por tu culpa! —gritó mirando a Rebeca.
Ella frunció el ceño.
—¿Por mi culpa? Tú eres quien no pudo controlar a su esposa.
—¡Me hiciste sacar dinero de sus cuentas!
—No te obligué.
—¡Me dijiste que estabas desesperada!
—Y tú querías sentirte importante. Te encantaba llegar con dinero y actuar como el salvador de la familia.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Lárgate.
—¿Qué?
—¡Lárgate de aquí!
Rebeca tomó su bolso.
—Cuando Valeria te deje sin un peso, no vengas a pedirme ayuda.
—¿Ayuda? ¡Tú eres la razón por la que estoy arruinado!
—No, Alejandro. Estás arruinado porque eres estúpido.
Rebeca salió del departamento y cerró la puerta.
Alejandro quedó solo.
Durante la siguiente hora llamó a su madre, a dos amigos y a un abogado que conocía de la universidad.
Nadie le dio la respuesta que esperaba.
El abogado fue directo.
—Si existe una grabación del ataque, un informe médico, mensajes sobre transferencias no autorizadas y un documento con firma falsificada, estás en serios problemas.
—Ella es mi esposa.
—Eso no te protege.
—El dinero se quedó dentro de la familia.
—Eso tampoco te protege.
—Puedo decir que ella me autorizó verbalmente.
—Los mensajes impresos indican lo contrario.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Cuántos años podría enfrentar?
—Depende de los cargos. Fraude, falsificación, violencia familiar, lesiones… No puedo darte una cifra sin ver el expediente.
—Necesito que me representes.
Hubo una pausa
—Mi anticipo es de doscientos mil pesos.
Alejandro se quedó callado.
No tenía ese dinero.
Todo lo que usaba provenía de Valeria.
Sus tarjetas adicionales.
Su automóvil.
Su seguro médico.
Su estilo de vida.
Hasta el traje que llevaba puesto había sido pagado con una tarjeta de ella.
—Te llamo después —murmuró.
Pero ya no tuvo tiempo.
A las siete y veinte de la noche, tres golpes resonaron en la puerta.
Alejandro abrió.
Dos agentes estaban en el pasillo.
—Alejandro Salazar, queda detenido por su probable participación en los delitos de violencia familiar y lesiones.
Él retrocedió.
—Esto es una confusión.
Uno de los agentes colocó una mano sobre su brazo.
—Dese la vuelta, por favor.
—¡Mi esposa está mintiendo!
En ese instante se abrieron varias puertas del pasillo.
Los vecinos comenzaron a observar.
La señora del 7B, que siempre le sonreía en el elevador, levantó su teléfono para grabar.
Alejandro sintió que el mundo se cerraba a su alrededor.
—¡Valeria está loca! —gritó—. ¡Ella se golpeó sola!
Uno de los policías endureció la expresión.
—Existe un video.
Alejandro dejó de resistirse.
Mientras le colocaban las esposas, vio sobre la mesa el anillo de bodas.
Pequeño.
Brillante.
Definitivo.
Tres días después, Valeria acudió al Ministerio Público acompañada por su abogada, Mariana Torres.
La quemadura seguía cubierta, pero sus ojos ya no tenían la misma confusión de aquella mañana.
Mariana colocó varios expedientes frente a ella.
—Hay algo que debes saber.
—¿Qué pasó?
—La fiscalía revisó la computadora que entregaste. Encontraron transferencias que tú no habías detectado.
Valeria sintió un escalofrío.
—¿Cuánto dinero?
—En total, poco más de tres millones de pesos durante dos años.
Valeria se quedó sin palabras.
—Eso es imposible.
—Utilizaron pequeñas cantidades para evitar alertas. Algunas transferencias fueron hacia Rebeca. Otras a empresas fantasma.
—¿Alejandro creó esas empresas?
—Una está registrada a nombre de su madre. Otra a nombre de un amigo.
Valeria apoyó las manos sobre la mesa.
El dolor ya no estaba en su rostro.
Estaba en el pecho.
No porque aún amara a Alejandro, sino porque comenzaba a entender la dimensión de la mentira.
Mientras ella trabajaba, ahorraba y planificaba el futuro, él había convertido su matrimonio en una operación de saqueo.
—Quiero recuperar todo lo posible —dijo.
—Lo intentaremos. Pero hay otra cosa.
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