El avión aterrizó en Mérida a las 8:12 de la mañana.

parte 2
El avión aterrizó en Mérida a las 8:12 de la mañana.

Cuando encendí el teléfono nuevo, tenía cuarenta y tres mensajes perdidos.

Treinta y uno eran de Rodrigo.

Cinco de Valeria.

Tres del director financiero.

Uno de don Ernesto.

Y tres de números desconocidos que seguramente pertenecían a periodistas.

Sonreí apenas.

La bomba había explotado más rápido de lo que imaginé.

Caminé tranquila por el aeropuerto mientras escuchaba el primer audio de Rodrigo.

—Mariana, ¿qué demonios hiciste? ¡¿Estás loca?! ¡Borra eso ahora mismo!

Lo borré sin terminar de escucharlo.

El segundo audio ya no tenía furia.

Tenía miedo.

—Amor… por favor… podemos hablar. Esto no es lo que parece.

Eso me hizo reír en voz baja.

Un hombre fotografiado semidesnudo en un hotel con su amante siempre cree que existe una explicación elegante.

No contesté.

Afuera me esperaba un chofer enviado por mi abogada. Subí a la camioneta y vi cómo la ciudad cálida y luminosa de Mérida contrastaba con el caos que había dejado en Ciudad de México.

Mi teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era don Ernesto.

El padre de Rodrigo jamás me llamaba directamente.

Contesté.

—Buenos días, Mariana.

Su voz sonaba cansada.

—Buenos días, don Ernesto.

Hubo un silencio breve.

—Rodrigo dice que esto es un asunto personal.

Miré por la ventana antes de responder.

—Lo era… hasta que empezó a afectar la empresa.

Del otro lado se escuchó una respiración pesada.

—Los inversionistas están furiosos —dijo—. La noticia ya circula en tres grupos empresariales.

—Y todavía no ven los correos.

Silencio.

Un silencio largo.

Peligroso.

Para obtener más información,continúa en la página siguiente

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