La primera imagen del video estaba movida, grabada desde un ángulo bajo, como si una tableta hubiera quedado escondida sobre una silla. Se veía la cocina de Doña Teresa: azulejos blancos, cortinas beige y una mesa de mármol que Valeria reconoció de inmediato.
Renata aparecía recargada en la barra, con ropa deportiva y una copa de vino en la mano. Frente a ella estaba un hombre de traje gris.
Leonardo se acercó lentamente a la pantalla.
—Ese es Arturo —murmuró—. Mi socio.
El murmullo entre los invitados creció como un incendio.
En el video, Arturo decía:
—¿De verdad vas a casarte mañana?
Renata soltó una carcajada fría.
—Claro. Leonardo tiene dinero, contactos y apellido. Además, es tan correcto que jamás revisa nada.
Leonardo giró hacia ella.
—¿Qué significa esto?
Renata levantó la barbilla.
—Está editado. Valeria hizo esto porque siempre me ha tenido envidia.
Valeria negó, pálida.
—Yo no sabía nada.
Camila seguía junto al DJ, apretando sus manos contra el vestido.
En la pantalla apareció Doña Teresa entrando a la cocina con una carpeta negra.
—Ya hablé con el proveedor del banquete —dijo en el video—. Todo quedó cargado a la tarjeta de Leonardo. Después de la luna de miel, movemos el dinero por la cuenta de la fundación.
El padre de Leonardo se puso de pie.
—¿Qué fundación?
Renata miró hacia todos lados, desesperada.
El video siguió.
Arturo preguntó:
—¿Y Valeria?
Al escuchar su nombre, Valeria sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Renata rodó los ojos.
—Valeria firma cualquier cosa si mamá le llora tantito. Después de la boda, le sacamos la firma de la casa de Coyoacán. Ni siquiera sabe que papá le dejó la mitad.
Valeria dejó de respirar.
Su padre había muerto hacía 5 años. Doña Teresa le había dicho que no quedó nada, solo deudas médicas y pendientes legales. Valeria lo creyó porque estaba rota, porque confiaba en su madre, porque nunca pensó que su propia familia podía robarle.
En el video, Doña Teresa dijo:
—Tu hermana siempre ha sido débil. Se siente culpable por todo. Yo sé cómo hablarle.
Una tía mayor, Matilde, hermana del padre de Valeria, se levantó de una mesa al fondo.
—Teresa… dime que eso no es verdad.
Doña Teresa abrió la boca, pero no respondió.
La grabación continuó.
Renata bajó la voz, aunque el audio seguía claro.
—Cuando Leonardo ponga a mi nombre el departamento de Polanco, le pido el divorcio. Arturo y yo ya vimos un lugar en Miami.
El jardín explotó en gritos.
Leonardo miró a Renata como si acabara de verla por primera vez.
—¿Arturo y tú?
Arturo, sentado cerca de la barra, intentó salir. Dos primos de Leonardo le cerraron el paso.
Renata corrió hacia el DJ.
—¡Apaga eso! ¡Es ilegal grabar conversaciones privadas!
Valeria cruzó el jardín y se puso frente a Camila.
—No le grites a mi hija.
Renata, furiosa, señaló a la niña.
—Esa mocosa inútil acaba de destruir mi vida.
Por primera vez, Valeria levantó la voz.
—No. Tú la destruiste cuando pensaste que todos éramos tontos.
Leonardo sacó del bolsillo la argolla que aún no se había puesto.
Miró al juez civil, miró a los invitados y luego a Renata.
—No habrá boda.
Renata retrocedió como si la hubieran golpeado.
Pero entonces Doña Teresa hizo algo peor.
Se acercó a Camila, la tomó del brazo con fuerza y susurró, aunque todos alcanzaron a oír:
—Tú no debiste haber nacido en esta familia.
Y ahí, Valeria entendió que el video no era el final.
Era apenas el principio.
PARTE 3
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