Grayson comenzó a hacer preguntas extrañas.
—¿Dónde guardas los documentos del apartamento?
—¿Qué documentos?
—La escritura. Los papeles de compra.
Sonreí.
—Creo que están con mi padre.
—¿Por qué?
—Porque él se encargó de todo.
Vi cómo apretaba la mandíbula.
—Deberíamos tener una copia aquí.
—Claro. Algún día la pedimos.
—Sí.
Dos días después volvió a preguntarme.
Después otra vez.
Y otra.
Hasta que una noche dejó caer casualmente:
—Sería bueno que pusieras también mi nombre en la propiedad.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué?
—Somos marido y mujer.
—Pensé que querías que tuviera algo mío.
Se quedó callado.
—Claro que sí.
Sonreí.
—Entonces no hay problema.
Aquella respuesta pareció tranquilizarlo.
Pero esa misma noche recibí un mensaje de mi abogada.
**«Ya tenemos los documentos.»**
Y debajo había una fotografía.
Abrí el archivo.
Era una copia de la escritura.
Mi nombre aparecía como única propietaria.
Pero había algo más.
Un documento que Grayson había preparado antes de nuestra boda.
Una especie de acuerdo privado.
En él había escrito que, en caso de separación, intentaría demostrar que había pagado una parte considerable del apartamento.
Pero los registros bancarios demostraban exactamente lo contrario.
Todo había sido pagado con dinero que provenía de una cuenta que mi padre había creado para mí años atrás.
Grayson no había pagado absolutamente nada.
Entonces llegó otro mensaje.
**«Hay algo todavía más importante.»**
Abrí el siguiente archivo.
Era una transferencia.
Grayson había enviado dinero a una cuenta de una empresa inmobiliaria.
La descripción decía:
**«Honorarios legales — adquisición de propiedad.»**
Mi abogada añadió:
**«La transferencia se realizó hace cuatro días.»**
Me quedé mirando la pantalla.
Cuatro días.
Eso significaba que el plan ya estaba en marcha.
No estaban esperando unos meses.
Ya estaban preparando el siguiente paso.
Al día siguiente, Grayson me dijo:
—Tenemos que hablar.
—Claro.
Se sentó frente a mí.
—He estado pensando en nuestro futuro.
—¿Ah, sí?
—Creo que deberíamos organizar mejor nuestras finanzas.
—Me parece bien.
—Y quizá sería conveniente que firmaras unos documentos.
Sonreí.
—¿Qué documentos?
—Cosas normales entre marido y mujer.
—¿Puedo leerlos primero?
Su expresión cambió ligeramente.
—Por supuesto.
Me entregó una carpeta.
La abrí.
La primera página parecía inocente.
La segunda también.
Pero la tercera…
Era una autorización para gestionar determinados bienes.
Y la cuarta le daba acceso a varias cuentas.
Levanté la mirada.
—¿Para qué necesitas esto?
—Por comodidad.
—¿Qué comodidad?
—Somos una pareja.
Cerré la carpeta.
—Necesito que lo revise mi abogada.
La sonrisa de Grayson desapareció.
—¿Tu abogada?
—Sí.
—¿Por qué necesitas una abogada para algo tan sencillo?
—Porque quiero estar segura.
Se levantó.
—¿No confías en mí?
Lo miré.
—Más de lo que imaginas.
Esa noche, mientras él dormía, envié la carpeta completa a mi abogada.
A la mañana siguiente me llamó.
—Ahora entiendo el plan.
—¿Qué plan?
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