—Dime quién eras antes de recoger cartón —le pedí.
Tere se sentó despacio, como si las piernas ya no le respondieran. La lluvia seguía golpeando el techo, pero dentro de la casa todo quedó en silencio.
—Yo no siempre fui esto que ves, Santiago —dijo al fin—. Estudié ingeniería química. Trabajé en la UNAM. Tu papá y yo investigábamos cómo limpiar agua contaminada de las fábricas.
La miré sin poder hablar.
Mi papá, Ernesto Villalobos, venía de una familia con dinero. Tenía una pequeña empresa de tratamiento industrial. Según todos, era un hombre brillante, pero terco. Yo solo recordaba sus manos grandes y su voz leyéndome cuentos antes de dormir.
Tere me contó que él, ella y otro investigador, Raúl Cárdenas, desarrollaron una fórmula capaz de reducir costos para descontaminar agua en zonas industriales. El proyecto valía millones. También podía dejar en evidencia a empresas que llevaban años tirando químicos a ríos y canales.
—Raúl quería venderlo a escondidas —susurró—. Tu papá se negó.
—¿Y tú?
—Yo también.
Entonces llegó otro mensaje. Era una foto vieja de Tere recibiendo un reconocimiento universitario. No parecía una pepenadora. Parecía una mujer segura, joven, luminosa, con todo el futuro abierto.
Abajo decía: “La ingeniera Teresa Morales, promesa de la investigación ambiental mexicana”.
Sentí vergüenza. No de ella. De mí. De todas las veces que la vi cansada y nunca pregunté qué sueños había enterrado.
Al amanecer fuimos a buscar a un abogado que aparecía en una tarjeta dentro de la carpeta: Licenciado Arturo Beltrán, antiguo asesor legal de mi padre.
El hombre nos recibió en una oficina llena de expedientes viejos. Cuando vio a Tere, se levantó como si hubiera visto un fantasma.
—Teresa… pensé que ya nunca vendrías.
Ella bajó la mirada.
—Lo hice por el niño.
El abogado abrió una caja metálica. Dentro había copias de contratos, notas de laboratorio y una carta firmada por mi padre tres días antes de morir.
—Ernesto dejó instrucciones claras —me dijo—. Teresa debía custodiar la investigación y administrar parte de sus bienes hasta que tú fueras mayor de edad.
Me quedé sin aire.
—¿Entonces ella pudo quedarse con dinero?
—Con bastante —respondió el licenciado—. Pero nunca cobró nada.
Miré a Tere.
—¿Por qué preferiste vivir así?
Ella apretó su bolsa contra el pecho.
—Porque si aceptaba un peso, tu familia iba a decir que me quedé contigo por interés. Y yo necesitaba que tú crecieras sin dudar de que te quería.
Antes de poder abrazarla, el teléfono del abogado sonó. Su expresión cambió.
—El notario que guardaba los documentos originales acaba de ser ingresado al hospital. Dicen que fue un accidente.
Nadie dijo nada, pero todos entendimos.
Fuimos directo a urgencias. El pasillo olía a cloro, café viejo y miedo. Frente a la puerta del elevador estaba Raúl Cárdenas, impecable, con traje azul y sonrisa de político. Ahora era dueño de una empresa enorme que presumía premios por “innovación sustentable”.
—Santiago Villalobos —dijo—. Te pareces mucho a Ernesto.
Tere se puso delante de mí.
—Aléjate de él.
Raúl sacó un sobre blanco.
—Creo que el muchacho merece saber la verdad. Sobre su padre… y sobre quién lo crió.
El sobre decía “Prueba genética”.
Mi corazón empezó a golpearme las costillas.
—Ábrelo —dijo Raúl—. A ver si sigues llamándola mamá después de leerlo.
Justo cuando rompí la pestaña del sobre, una camilla salió del área restringida. Sobre ella iba un hombre anciano, conectado a oxígeno, con la cara llena de golpes.
Tere se cubrió la boca.
—Doctor Márquez…
El hombre que firmó el acta de muerte de mi papá abrió los ojos y me señaló con una mano temblorosa.
—No leas eso… primero escúchame.
Y entonces supe que lo peor todavía no se había dicho.
¿Qué creen que esconde esa prueba: una traición real o una trampa para destruir a Teresa antes de que pueda defenderse?
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